Un Cura en Cuba Roja

Por Don Luciano

A Priest in Red Cuba

By Don Luciano

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R.P. Lucien De Wulf

En su español original con una traducción al inglés.
In the original Spanish with an English translation.
 
"Un cura en Cuba Roja" Portada / Front Cover

ÍNDICE — INDEX
 Intro     1     2     3     4     5     6     7     Vignettes     Epilogue 

INTRODUCCÍON DEL TRADUCTOR

Este breve libro de memorias fue escrito en el año 1971 por un sacerdote belga que había sido expedido a Cuba en 1964 para abrir una iglesia previamente cerrada.

Fidel Castro había llegado al poder en 1959 como populista, pero mientras que los estadounidenses lo ignoraban los rusos lo abrazaban, y para 1961 ya era comunista. Usted sabe lo que se dice sobre el fanatismo de conversos. La religion fue suprimida y iglesias y escuelas religiosas cerraron.

En 1964, el estado ateo autoproclamado se sentía un poco más seguro de sí mismo y permitió a otros países mandar sacerdotes a Cuba para abrir de nuevo algunas iglesias.

Estas memorias están escritas en español por un cura humilde—belga de origen flamenco—el Reverendo Padre Lucien De Wulf (1923–2017), sobre su puesto en Camagüey, Cuba, entre 1964 y 1970. Se desempeñó como pastor de la parroquia de Nuestra Señora de la Caridad en la parte oriental de la ciudad (que se disfrace como la parroquia San Camilo en este librito).

Este pequeño libro está lleno de humor irónico, tiene alegres momentos y es simpático, pero sin embargo no es necesariamente una lectura ligera. Los lectores familiarizados con lo que cuentan cubanos exiliados, pueden fácilmente llegar a creer que esos cuentos están colorados con la amargura del exilio. Compararlos con estos, de una persona que también conoció a Cuba comunista y decide por sí mismo.

TRANSLATOR’S INTRODUCTION

This short memoir was written in 1971 by a Belgian priest who had been sent to Cuba in 1964 to reopen a shuttered church there.

Fidel Castro had come to power as a populist in 1959 and while the Americans ignored him the Russians embraced him, and by 1961 he was a communist. And you know what they say about the zealotry of converts. Religion was suppressed and churches and parochial shools shuttered.

By 1964, the self-proclaimed atheist state was feeling a bit more secure about itself and allowed other countries to send priests to reopen some churches.

This story is written in Spanish by a Belgian priest of humble Flemish origins—the Reverend Father Lucien De Wulf (1923–2017)—of his posting in Camaguey, Cuba, between 1964 and 1970. He served as pastor at Our Lady of Charity parish in the eastern part of the city (which he disguises as the San Camilo parish in this little book).

These thirty-some pages are full of wry humor and have some lighthearted moments. It is a fascinating—but not necessarily a light—read. Readers familiar with stories urgently repeated to them by Cuban exiles can easily come to believe that those stories were colored by the bitterness of exile. Compare them with these stories—told by a non-Cuban non-exile who also experienced the era first-hand—and decide for yourself.

INTRODUCCÍON DEL AUTOR

Perdone la indiscreción de presentarme a mí mismo, pues son las primeras memorias que intentaré escribir y no tengo letritas delante ni después de mi nombre así como: “Prof. S.T.M.” (Magister en la Sagrada Teología) sino que me llamo simplemente Luciano, sin más. Soy de origen pequeño burgués, me hice, por milagro de Dios Sacerdote y lo aguanto ya por veinte y cuatro años (hoy un record).

Traté durante diez años de hacer entrar a fuerza de constancia Inglés y Alemán en las cabezas de los alumnos de un Colegio flamenco. Después concelebraba los cuatro años más interesantes de la historia del Congo, es decir, dos años antes y dos después de su independencia. (Tengo la esperanza que habré producido por lo menos algunos Ministros en nuestro Seminario Menor de Leopolville, ahora Kinshasa). Después de unos primeros pasitos en la vida parroquial en Bélgica, me presenté como voluntario para América Latina.

Cuando ya balbuceaba algunas pocas palabras en castellano, nuestro buen obispo nos tenía preparado un chistecito muy original: Me mandó con otros cinco Sacerdotes belgas a . . . Cuba (pero voluntarios de verdad). En seguida enterré todos los documentos eclesiásticos y encíclicas sobre la perversidad del comunismo en el basurero, y estuve en las nubes con el librito “Del Anatema Al Diálogo” de Roger Garaudy. Cuan do el primero de Febrero de 1964 aterrizamos en el Aeropuerto José Martí de la Habana, estaba convencido que ahora si ya acabaría el anatema con el diálogo.

Perdóneme lector, mi breve introducción se hace un poco larga. Para ser breve diré que al término de tres años se agradeció a la mitad del grupo por sus servicios prestados, pero, los otros tres lograron volver solapadamente bajo las alas del Señor Nuncio. Como pudimos salir, en Enero de 1970, ya les contaré después.

Solamente me queda por decir una sola cosa: Soy miembro de la C.I.A. (véase mi ficha: desde 1957 repetidas visitas a la U.S.A.) lo que es una pequeña mentira, pero no veo otra manera de conquistarme un lugarcito en tan ilustre Compañía.

Ya sabes, hace unos meses, las “confesiones” del poeta cubano Padilla. Había tenido relaciones inmorales, (no tengas malos pensamientos querido lector), en el Diccionario Marxista, inmoral es: “Tener relaciones con gentes que no piensan muy correctamente.” Para ellos solo piensan correctamente Marx, Lenín o Fidel, y Padilla tuvo relaciones inmorales con corrompidos socialistas apóstatas como el francés René Dumont con su libro “¿Es Cuba Socialista?”, y con el periodista izquierdista K. S. Karol, con su libro revolucionario “Los Guerrilleros al Poder.” Padilla dijo en su “confesión” que esos dos individuos son miembros de la C.l.A. Yo no entiendo mucho de alta política, pero, parece que la razón es que esos dos individuos han apoyado con el peso de sus talentos la revolución cubana. Incluso nuestro amigo J.P. Sartre y “dúc Petite Fille Rangee” Simone de Beauvoir no podían dejar de encontrar la acusación muy extraña.

Ya comprenderás, lector querido que yo, por lo tanto, como miembro de la C.I.A. trato de entrar en esta alta Compañía.

Una última nota biográfica: Soy desesperadamente anticuado pues solo soy moderadamente de izquierda, así como del lado derecho del lado izquierdo.

AUTHOR’S INTRODUCTION

Allow me the indiscretion of introducing myself, as these are the first memoirs that I have attempted to write down and I don’t happen to have learned initials after my name. I am called simply Lucian, nothing more. I come from the petite bourgeoisie* and became, by a miracle of God, a priest, a profession I have held now for twenty four years, for me a record.

I tried for ten years by dint of perseverance to force English and German into the heads of students at a Flemish school. Afterwards I concelebrated the four most interesting years in the history of the Congo, those being the two years before and two years after its independence from Belgium. (I hope I was able to help produce at least a few ministers in our minor seminary in Leopoldville, now Kinshasa.) Then after some first steps of parochial life in Belgium, I presented myself as a volunteer for Latin America.

As soon as I could manage to stammer a few words of Spanish our good bishop came up with a very original little joke: He sent me with another five Belgian priests to . . . Cuba! (We were volunteers, truly!) I promptly tossed all my ecclesiastic documents and encyclicals on the evils of communism in the trash basket and spent some time in the clouds with From Anathema to Dialogue, the little book by Roger Garaudy.† When on the first of February, 1964, our little group of six landed at the José Martí Airport in Havana, I was convinced that the anathema to the dialogue would finally end.

Pardon me, dear reader, as my brief introduction is becoming a bit long. To remain brief I’ll tell you that at the end of three years half of the group were thanking the other half for their brief assistance; as the three had underhandedly obtained a transfer under the wings of His Excellency the Nuncio. How the rest of us managed to depart, in January of 1970, I’ll be telling you later.

I only have one more thing to say: I am a member of the C.I.A. It’s obvious, just look at my file: repeated visits to the U.S.A. beginning in 1957. It’s a small fib, I know, but I see no other way to obtain for myself a little space in such illustrious company.

You are probably familiar from a few months ago, of the “confessions” of the Cuban poet Padilla.‡ He had had immoral relations and was sent to prison. Don’t think badly of him, dear reader—in the Marxist Dictionary immoral is defined as “being acquainted with people who don’t think correctly.” For them only Marx, Lenin or Fidel Castro think correctly and Padilla was found to have had immoral relations with corrupted socialist apostates like the Frenchman René Dumont§ and his book Cuba, Is It Socialist?, or with the leftist journalist K. S. Karol§, who wrote Guerrillas in Power: The Course of the Cuban Revolution. Before his release, Padilla said in his “confession” that Dumont and Karol were members of the C.I.A. I don’t understand much of high politics, but it appears to me that those two individuals used their talents to support the Cuban Revolution. But our friend Jean-Paul Sartre and “dúc Fille Rangée” Simone de Beauvoir would probably not have found the accusation very strange.

You are beginning to realize, dear reader, that I am confessing to membership in the C.I.A. to join this esteemed company of writers.

One final biographical note: I am hopelessly out of date, as I am only moderately a leftist: like on the right side of the left.

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Translator’s notes:

* “Petite bourgeoisie” is a phrase used by Karl Marx and other Marxist theorists to identify small-scale capitalists such as shopkeepers and factory management. It can have derogatory undertones.

† Roger Garaudy (1913–2012) was a prominent French philosopher and communist author. His book From Anathema to Dialogue: A Marxist challenge to the Christian Churches was a call for Christianity to embrace the Marxist approach to world betterment.

‡ Heberto Padilla (1933–2000) a well-respected Cuban poet jailed in 1971 for criticizing the Castro regime. Intellectuals the world over spoke out against “the Padilla affair” and he subsequently “confessed,” was released, then harassed by the authorities for a while, and eventually allowed to leave Cuba.

§ Rene Dumont (1904–2001), a French agronomist and sociologist who both praised and criticized the Cuban implementation of communism. K.S. Karol (1924–2014) a French journalist of Polish origin was a leftist but anti-Soviet. The cited book was critical of the Cuba’s communist implementation and made suggestions to better it.

¶ Sartre (1905–1980) is the famous French existentialist and postcolonialism philosopher. De Beauvoir (1908–1986) was another French writer, intellectual, existentialist philosopher, political activist and feminist.

CAPITULO PRIMERO

Como Don Luciano y sus compañeros fueron adaptados a un nuevo ambiente.

La Habana en 1964 es una magnífica ciudad. Ya sabes que mala fama tenía en tiempos de los yanquis. Un escritor español dió una vez una definición de ella: Un lupanar frente al mar, (de donde vinieron los dollars). Don Luciano constataba en seguida el aire purificado de la Habana actual, la solución del problema se encuentra en el libro del escritor izquierdista neerlandés Harry Mulish: La prostitución en Cuba ya no es explotación capitalista de las características agradables de la mujer. Ahora es una institución del Estado con servicio gratuito.

Don Luciano y compañeros tenían que esperar algunos días la llegada del barco que traía seis Volkswagen durante ese tiempo se alojaron en el Seminario Mayor El Buen Pastor que ya hace años fue convertido, según la promesa de Fidel: “Transformaremos cuarteles en escuelas,” pero, que en este caso el Seminario se convirtió en cuartel.

En lo más hondo de la noche, las seis ovejas que durmieron bajo la protección del El Buen Pastor fueron despertados por el taconeo de botas militares. Al jóven que al día siguiente había de acompañarles hasta el lugar de su destino: Camagüey, le arrastraron de su cuarto y desapareció. Las otras cinco ovejas, se colaron silencio samente en el cuarto de Don Luciano sin encender luz:

“¿Qué pasa?” . . .

. . . “¿Quién puede saberlo?” . . .

. . . “¿Será un chistecito?” . . .

Pero no, después de un par de horas regresó ileso nuestro amigo. Le habían hecho solamente algunas preguntas. Todo O.K. pues.

Al otro día salió la caravana: 600 kilómetros hasta Camagüey, a acogida cordial en el obispado.

Don Luciano, como responsable de la collera tenía que contestar al discurso de bienvenida y estaba un poco emocionado. Se acordaba de algunas palabras en castellano y con ellas hizo juegos de malabares que seguramente caerían bien a los cubanos, en el sensible corazón: Nuestro corazón estaba en Cuba desde hacía mucho tiempo. Trabajaremos de todo corazón. Ya habíamos oído del gran corazón del pueblo cubano y en el confiábamos.

Llegó cada uno a su Parroquia. No teníamos que luchar, para conquistar un lugarcito bajo el sol cubano como párroco, lo que si era el caso en sus diócesis de origen. Había, pues, en esa diócesis, con una superficie casi del tamaño de Bélgica, solamente unos quince obreros en la Mies del Señor.

Lo siguiente servirá para que el lector se ponga más en onda con el ambiente encontrado. Cuando la invasión de Playa Girón todos los curitas, posibles agentes de la C.I.A. fueron detenidos y puestos en seguridad en un gran colegio. De vez en cuando un miliciano les sorprendía amablemente con la noticia: Mejor es que preparen sus almas, pues los mandaremos al cielo; se confesaron con fe, pero, no, no los mandaron al Cielo sino que embarcaron a unos 500 u 800 y los mandaron a España. (Fidel y Franco parece siempre han sido buenos amigos.) Así que, para encontrar trabajo en la viña del Señor no tuvieron problema.

A Don Luciano le asignaron una pequeña parroquia, grande como media provincia Belga, con mas ó menos 60 a 70 mil feligreses pues en Cuba casi toda la población está bautizada. Su Iglesia está ubicada en medio de la plaza y se sentía bien rodeado por todos lados.

A la derecha: el colegio Secundario. La Directora: Rosalba León, a la que Don Luciano de inmediato le cambió el nombre por “La Leona”, había cogido desde el principio gran cariño a Don Luciano. Era miembro del Partido, impregnada del Marxismo Leninismo, trataba de convencer a la juventud que encantadora era ahora la vida en Cuba. Según testigos, sus sermoncitos siempre empezaban con voz aterciopelada, pero, luego se animaba y acababa con gritos audaces y con la melena agitada de su abundante mechón.

Cuando Don Luciano reunía a la juventud para inculcarles algunas verdades cristianas, a menudo se encontraba a la puerta de su colegio, y Don Luciano sabía de los "amables" comentarios que ella hacia sobre el extranjero de enfrente, pero él admiraba su fiel vigilancia y a veces por la salud de su alma.

Frente a la Iglesia: una Jefatura de la Policía, de las que hay no pocas, siempre con un muchacho armado en la puerta. Don Luciano se sentía seguro.

En la otra esquina, frente a la iglesia, el local del Partido Comunista Cubano, allí siempre se encontraban algunos miembros activos del Partido, conversando o durmiendo en el portal.

No, en serio, de su vecindad no podía quejarse. Además, tenía el apoyo seguro de la Ley que dice que en Cuba hay libertad de culto dentro del Templo. Claro, él y todos los Sacerdotes tenían la certidumbre de poder contar por lo menos, con un auditor atento siempre hasta para el sermón más aburrido. Y eso siempre agrada y alienta al sagrado orador.

Y así Don Luciano y sus compañeros se acostumbraron poco a poco al nuevo ambiente. Les llamaban amablemente por teléfono a media noche para decirles que mejor era preparasen sus maletas; durante la Semana Santa les mantenían en buena atmósfera por los juegos organizados para los niños, -de preferencia alrededor de las Iglesias.

Don Luciano había encontrado un buen truco para el caso en que ponían pie en su territorio, es decir, en el jardín alrededor de la Iglesia: bastaba distribuir un pequeño catecismo, o darles un sermoncito diciéndoles: "Que el Señor había muerto para ellos también" y en seguida se caían bofetadas sobre las cabezas de los alumnos propinadas por los maestros, y así huían del territorio de Don Luciano.

Otro ejemplo, si uno padecía de pérdida de memoria el Partido le llamaba con gratitud por teléfono para darle un relato detallado de lo que había hecho durante el día; donde estaba de visita en tal o cual momento.

Lo mas cómico es que lograron hacer entrar un comebola del partido hasta en la caja del confesionario; alguien detrás de la rejilla dice:

“Padre, tengo odio a Fidel?"

“Vaya,” contesta Don Luciano. “Eso no es muy cristiano.” . . . “Cuanto tiempo desde la última confesión?” . . . “falditas?," y así sucesivamente hasta que finalmente el confesante dice tartamudeando:

"Padrecito el Partido me mandó para palpar un poquito su pulso político . . . perdóneme Padrecito."

Y Don Luciano contestaba: "Con mucho gusto, mi hijo y gracias por la información."

———

Esos maravillosos lunes belgas! Cerrábamos las puertas de las Iglesias y lanzaban su carrito rumbo a Nuevitas, a casa del hospitalario P. José. Siempre parloteábamos cordialmente sobre la sorpresa de la semana. Tantas lunas rotas en la Iglesia, algunas carticas anónimas muy divertidas, y el P. José en aventuras con la Policía.

Una de ellas nada más: La bomba de gasolina está cerca de la calle. El carro del P. José quedaba con la parte de atrás en la calle, y el policía le decía que eso no podía permitirse, a lo que el P. José respondía:

"Compañero, yo no tengo la culpa de que esos bichos alemanes ponen todo al revés en este carrito, el motor detrás el tanque delante, etc. etc."

El P. José olvidaba que en países comunistas hay poco sentido del humor. Busquen, por ejemplo, a un Godfried Bomans, a un Guaresehy o un Bruce Marshall entre los autores comunistas. Don Luciano meditaba sobre eso; de todos modos, algún cablecito o cuerdecita tenía que faltar en el seso de Marx y sus discípulos.

Si, a Don Luciano le quedan todavía un montón de recuerdos deliciosos sobre esa “Libertad de Culto” en Cuba. Pero ya cerramos esta primera parte desde Cuba, “Primer Territorio Libre de América.” Así concluirán todas las partes de este folleto sobre el “Paraíso de la Libertad.”

CHAPTER ONE

How Don Luciano and his comrades adapted to their new environment.

Havana in 1964 is a magnificent city. You’ve heard how notorious it was in Yankee times. A Spanish writer once gave a definition of that Havana: “A brothel on the seashore (from where dollars came from).” Don Luciano immediately discerned from the rarefied air of 1964 Havana that the solution to the problem had been as described in a book by the leftist Dutch writer Harry Mulish: “Prostitution in Cuba is no longer the capitalist exploitation of woman’s pleasurable characteristics. Now it is a state-owned institution with service available at no charge.”

Don Luciano and his five comrades had to wait a few days in Havana for the arrival of the ship that was bringing six Volkswagen Beetles, and for the wait they lodged at The Good Shepherd Seminary that a few years earlier had been converted, as per Fidel’s promise: “We will transform military barracks to schools.” But in this case it was the school that had been converted into the barracks.

In the darkest part of the night the six lambs sleeping under the protection of The Good Shepherd were awakened by footfalls of military boots. The young man who would be guiding them the following day to their destination — Camaguey — was dragged from his room and disappeared. The other five lambs silently slid into Don Luciano’s room without turning on the light.

“What’s happening? . . .”

. . . “Who knows?” . . .

. . . “Could it be a joke?” . . .

But no, after a couple of hours their friend returned unscathed. They had only asked him a few questions. Everything was O.K after all.

The next day they left in a caravan some 375 miles to Camaguey to a cordial reception at the bishop’s residence there.

Don Luciano, the responsible gang member, had to respond to the welcome speech and he was a bit agog. He recalled a few phrases of Spanish and juggled the words in a way that he was sure would be pleasantly received by the Cubans because they were heartfelt: “Our hearts had been with Cuba for a long time.” “We would work with all our hearts.” “We had heard of the great heart of the Cuban people.” “In Cuban hearts we would trust.”

The next day each arrived at their assigned parish. Unlike their diocese of origin, they did not have to fight for and wait to be named pastor of their little space under the Cuban sun. In this entire diocese, about the size of Belgium itself, there were only fifteen workers in the Lord’s Harvest before they arrived.

Let me help the reader tune in to the environment they found themselves in. After the U.S. backed invasion of the Bay of Pigs, all priests—considered possible C.I.A. agents—were picked up from their parishes and locked up in a large school building. Every so often a militiaman would show up and amiably announce, “It would be best for you to prepare your souls before we send you to heaven.” They gave each other their last confessions, but no, they were not sent to heaven. Some 500 to 800 from Camaguey were taken to Havana to be deported to Spain. (Fidel and Franco* have always been good friends.) Therefore, finding work in the Vineyard of the Lord was not a going to be a problem.

Don Luciano was assigned a small parish in Camaguey—the parish being about the size of half of a Belgian province—with 60 to 70 thousand parishioners, more or less. In Cuba almost all of the population were baptized Catholics. His church was located in the center of a plaza and was in view from all sides.

On the right: a secondary school. The director: Rosalba León, who Don Luciano promptly renamed “The Lioness,” and who immediately took great interest in Don Luciano. She was a Party member, impregnated in Marxism-Leninism, and her job was to convince the youths in her charge of how delightful life in Cuba had become. According to witnesses, her little sermons always started in a velvety voice, but she became animated as she went along and she always finished in fearless shouts with her abundant hair flying about her head.

When Don Luciano met with youngsters to plant some Christian truths, The Lioness would shortly be found at the door to his classroom. Don Luciano knew of the “pleasant and helpful” comments she made about the foreigner across the street, but he admired the faithful vigilance she kept over her charges, and at times over the health of his soul.

In front of the church: a police precinct, of which there were plenty, always with a lad with a gun guarding the door. Don Luciano felt safe.

On the other corner in front of the church: the Cuban Communist Party local. You could always find Party members there, conversing or napping on the porch.

Honestly, of his neighborhood he had no complaints. In addition, the law was on his side. It said that in Cuba there is freedom of worship inside the temple. In practice this meant that he and all other priests had the certainty that each could at least count on one attentive listener even for the most boring sermon. This always pleased and encouraged the holy orator.

And in this manner Don Luciano and his five comrades slowly but surely became accustomed to their new environment. They would receive telephone calls in the middle of the night pleasantly announcing that it would be best if they hurried up and packed their bags. During Holy Week a proper atmosphere would be guaranteed when loud games for children would be scheduled as close to churches as possible.

To protect his territory, that is to say, the green space surrounding the church, Don Luciano came up with a neat trick whenever student a set foot on the grass. He would hand out a little Catechism book, or speak a tiny sermon saying “the Lord died for you too.” Immediately a teacher watching would come for the trespasser and administer a slap upside the head for getting too close to the church.

Another example, designed to assist memory loss, was receiving a thoughtful telephone call from the Party to let you know where you had been when and who you had visited, and what else you had been doing moment by moment that previous day.

The funniest thing they tried was when they sent a Party patsy to the confessional.

“Padre, I hate Fidel?” he said from behind the grille.

“Say!” responded Don Luciano, “that’s not very Christian of you.” . . . “And how long since your last confession?“ . . . “Did you say ‘skirts’?” . . .

This continued for a while until the confessant paused and stammered, “Padrecito . . . the Party sent me to check you out a little bit, to take your political pulse, so to speak. . . . Forgive me, Padrecito.”

And Don Luciano replied, “With pleasure my son. And thank you for the information.”

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Oh, those marvelous Belgian Mondays! They would close the church doors and launch their little cars towards Nuevitas on the coast, to the home of Padre José, of the Order of Hospitallers. They would always start with cordial chatter about the surprise of the week: A bunch of skylights broken at the church, a handful of anonymous letters that were very amusing, or Padre José’s adventures with the police.

Just one of them: At a gasoline pump located hard up against the street’s right of way, the tail end of the Padre’s car was out into the street and the police showed up to inform him that he could not pump gas that way.

Comrade, you can’t blame me if these German Bugs have everything installed backwards. The motor is in the trunk and the filler cap is in front, among other things.”

Padre José forgot that in communist countries there is very little sense of humor. Check to see, for example, if there is a Godfried Bomans, a Guaresehy, or a Bruce Marshall† popular humorists all, among communist authors. Don Luciano meditated on this: There must be a missing wire or watch spring in the brains of Marx and his disciples.

Yes, Don Luciano has a bunch more delicious anecdotes about “freedom to worship” in Cuba. But now let us close this first part about Cuba, the “First Free Territory in the Americas.” This is the way each section will conclude in this little tome about the “Paradise of Liberty.”

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Translator’s notes:

* The reference is to Generalissimo Francisco Franco, the fascist dictator then in power in Spain.

† Godfried Bomans (1913 – 1971) was a prominent Dutch author, television personality and Catholic. He wrote humorous tales and books as well as serious essays and criticism. Guaresehy might be a misspelling as I can find no references for it. Bruce Marshall (1788 –1987) was a Scottish writer and Roman Catholic convert who wrote humorous and mildly satiric stories with religious overtones.

CAPITULO SEGUNDO

Momentos encantadores en la vida de Don Luciano y sus compañeros.

Don Luciano estaba sentado, soñoliento, detrás de su escritorio en la Sacristía, bajo el calor infernal del verano, en cada axila un pañuelo para recoger el sudor. Suena el teléfono y Don Luciano descolgó, el otro colgó. Otro timbrazo, Don Luciano descolgó, pero el otro volvió, a colgar. Finalmente, otra llamada, y una voz que preguntaba: “¿Usted es el curita de San Camilo?”

“No, compañero, le habla el Jefe del Partido.” Y se acabó el juego de las llamadas telefónicas.

Después de media hora de oración de quietud, como se llama en la teología clásica mística, entró corriendo una catequista: Ana María.

“Padre, estaba en camino hacia la Capillita de San Antonio con algunos niños para la clase de catecismo, (tragó saliva nerviosamente) y vino uno de nuestros hermanos verde olivo...me llevó a la jefatura de la Policía donde me dijeron: ‘Solamente los padres compañera, pueden llevar a sus niños a la Iglesia’. “Padre, mis rodillas temblaban.”

“Todavía tiemblan?” preguntó el P. Luciano.

“No Padre, eso duró solamente hasta el momento de encontrarme ante una serie de señores y, entonces, he dado la clase más brillante de mi carrera catequística.”

Ahora eran las rodillas de Don Luciano las que temblaban. Si, el Sr. Obispo le había comunicado la disposición legal, (ya sabes querido lector la importancia de las comunicaciones orales en los pueblos primitivos), “Solamente los padres están autorizados a llevar a sus niños al templó.” Don Luciano se había callado, como una tumba, sobre esa Ley, para no entusiasmar demasiado a las catequistas sin necesidad. Pero, ahora sintió un sentimiento de profunda culpabilidad para con Ana María que había pasado esos momentos de terror por la Fé.

—“No te preocupes, hija, eso no lleva a nada,” la consolaba él.

Pues había visitado a todos esos hombrecitos durante su primer entusiasmo, y sabía que en casa de cada uno se encontraba una imagen de la Virgencita y del Sagrado Corazón. Ellos arreglaran el problema, seguro.

Y con eso se acordó del caso de la semana pasada. La directora de la Catequesis, un alma de Dios, maestra, también fue llamada a la Policía.

“Compañera, sabes que pega poco ser maestra en nuestro régimen revolucionario y ocuparte de inculcar a los niños esos cuentecitos de la manzana de Adán y otras teorías por el estilo?”

-“Si, Señor, pero, difícil no es imposible. Nuestro Primer Ministro nos ha enseñado que siempre se puede más, no?”

“Compañera, nos enteramos que pierdes todas las tardes en esto.”

“Disculpe, señor está mal informado, son tres tardes, pues tenemos tres capillas, pero eso, señor, para después de mi aporte profesional a la revolución.”

“Y además, todos los domingos das un mal ejemplo a nuestra juventud asistiendo a misa.”

“Ay!, Señor, tiene que ir un día a ver a Don Luciano en el asunto de servicio de información, él conoce entre otras cosas, todos los barcitos donde se divierten los muchachos de tu collera y las chicas encantadoras que allá chismean con sus amigas, que también tienen cariño a Don Luciano, sobre todos tus secretos. Quiero decirle solamente, señor, que voy a misa todos los días. Yo no puedo vivir sin eso, como ustedes sin su traguito y su chica, asunto de gusto, no?"

Sí, el terreno se puso un poco resbaladizo y se cortó el juicio.

Ahora era tiempo de arreglar el asunto con el amigo Juan. Este, pesar de sus actividades subversivas con Don Luciano se había mantenido en su función de profesor.

Don Luciano entró en su “cucaracha” pero, como a menudo pasó, el motor no quería arrancar y . . . salió una buena palabrita en flamenco. Caramba, ya eran dos años que cada mañana, con una oración jaculatoria, arrastró su carrito del garaje, lo colocó en el pasillo inclinado hacia la calle, abrió la puerta, y entonces se lanzó, a la buena de Dios, a la calle con su motor echando chispas.

Una vez un mecánico había detectado disimuladamente (pues todos los talleres son estatales), el defecto. El precio era un saco de arroz, el carrito andaba bien por tres semanas y volvía al mismo jueguito. Una cosa caprichosa ese Volkswagen.

”Compañero, un empujoncito, por favor,” (todavía, siempre hubo un alma buena alrededor). “O.K., gracias,” así arrancaba, saludando amablemente a que desde la puerta del colegio le seguía con su mirada cariñosa.

Juan vivía en un barrio con el hermoso nombre de “La Mosca.” Pero, “Ay!, mi madre.” Don Luciano a menudo está distraído y paró en medio del camino. Se había acabado la gasolina.

Felizmente el Señor siempre está del lado de sus sacerdotes. Esta mañana le habían dado un bono de dos galones, (hay que saber que un Volkswagen tiene derecho a 8 galones al mes), pues como los buenos feligreses siempre ayudaban a su Párroco, -y como los bolígrafos pertenecieron pronto al pasado capitalista y sólo quedaban lápices, era fácil sustituir el número de chapa del otro carro por el propio.

Así qué Don Luciano iba con su cubo y su bono a recoger la gasolina. Juan estaba. Hubo un olorcito, pero Don Luciano ya estaba acostumbrado al aire de La Mosca.

“Ay!, Padre, que reunión más formidable para el Magisterio de esta ciudad . . .

“Muchos alumnos llegan tarde ... claro, los ómnibus se rompen a cada rato; las chicas tienen que esperar a lavar y planchar su blusa pues no tienen más que una; muchos tienen que cuidar a los chiquitos hasta que regrese la madre de la cola que a veces demora horas.” Otro dijo: “la culpa la tienen los curas que dicen que tienen que ir primero a misa.

”Mentira,” dijo el Director General.”Yo sé muy bien que sobre todo, esos curas belgas dicen que los niños tienen que ser los mejores en los estudios, en la disciplina y en el trabajo voluntario, y gritó:

”Y lo son! Que le parece. Padre?”

Don Luciano reflexionó un rato y contestó: "Juan ahora entiendo un poco lo que aprendí ayer por vía no oficial: Que los señores del Partido habían llegado a la conclusión de que si queremos aprovechar el dinamismo de Don Luciano, tenemos que hacerle miembro del Partido.

“Que hago, Juan? Son todas almas de Dios y quizás hay allá un buen terreno para apostolado."

“Padre, piense en el Evangelio: No se echan perlas a los cerdos.”

Don Luciano se olvidó de arreglar el asunto por el cual había ido a ver a Juan, y murmuraba algo de que todavía no había podido extirpar el sectarismo de la cabeza de sus feligreses . . . y traqueteando por la autopista de “La Mosca” regresó a su Centro.

Por casualidad en el camino le pasó volando el P. Pablo dejando detrás al P. Luciano. Oyeron un silbido y seguidamente la voz de “¡Alto!” Los dos culpables habían pasado un camión en una curva. Un policía impuso al P. Pablo una multa. El otro policía se acercó al P. Luciano y le explicó la infracción, pero Don Luciano, según el método clásico, en ese momento no entendió una palabra de castellano.

"Extranjero?”

“Si.”

“Ruso?”

“Más o menos de por allá.”

El hombre trató de nuevo de explicar la cosa, pero, Don Luciano, con la mejor voluntad, no la captó. (Por la noche, Don Luciano constató en su atlas geográfico que solo había dicho una mentirita chiquita: Cuba-Belgica y Cuba-Rusia, no había mucha diferencia.)

"Dale," dijo el hombre desesperado. Esa palabra, felizmente, la entendió Don Luciano.

Un poco más adelante esperó el P. Pablo quien le dijo: "Claro, a mí me pegó la multa."

Después se acercó el policía que había tratado de hablar con Don Luciano y le dijo a su compañero: "No hubo manera de sacar una palabra de castellano a este ruso." Ese método había probado varias veces su eficacia.

Antes de dormirse esa noche Don Luciano trató de acordarse de algún buen pensamiento. Si, ya estaba cerca el lunes e iremos otra vez a visitar al P. José tan acogedor. Durmió como una piedra.

———

Vino el lunes. Todos los casos de fallecimientos y bautizos de emergencia estaban suspendidos. A la salida de la ciudad ya había un grupito de gente esperando el ómnibus y Don Luciano los llevó en su carro. Gente admirable, nada más que hacía cinco horas estaban esperando por transporte. Un poco más lejos otro grupito, se acomodaron lo mejor posible en la “cucaracha.”

Estos últimos eran de lo mejor: Madre e hija que habían visitado a su hijo y hermano en un campamento militar.

“Ay!, Compañero, allí si están formando hombres para nuestra gloriosa revolución”.

“Claro. Contestó Don Luciano.”

Y así pasó el tiempo volando y de manera agradable y supo que Fidel había hecho ayer declaraciones llenas de esperanzas: "la producción está subiendo hasta cifras astronómicas, y al año siguiente, o al menos para el año 80 habría abundancia de todo."

Don Luciano trataba de acordarse de algo de Marx, como era? Ah sí, “el comunismo es el opio del pueblo” En comparación con eso, la religión se quedó chica.

“Aquí estamos pues, a dónde los llevo compañera?”

“No, aquí en la esquina nos bajamos pero en la calle X número X tiene su casa.”

“Muchas gracias compañeras. Yo soy el párroco de Don Camilo en Camagüey, allá también tiene su casa.”

Miraban confusos, se olvidaron de Marx y tartamudearon: “Dios se lo pague, Padrecito.”

Ya ven, pensó él, ellos tienen el ánima natural cristiana, (el alma cristiana por naturaleza.) Seguro, Santo Tomás era tan inteligente como Marx.

———

Comenzó el ritual maravilloso del lunes flamenco: Un saludo cordial del P. José, después un "Daiquirí" refrescante, comentarios sobre los acontecimientos de la semana, un almuerzo sabroso (P. José trabaja más bien en el campo y así a veces puede cambiar un viejo pantalón por un pedazo de jamón.) Después, otro punto fijo del programa: Teología. Cada uno se retiró a su cuarto buscando fortalecerse espiritualmente por una buena siesta. A las cuatro más o menos a la playa.

El guardián, un viejo español de pura cepa, les sacó algunos balances y entonces a contar y callarse como conviene a genuinos flamencos. Este día está todo muy tranquilo en la playa. Unas cuatro chicas en el agua. Miraban las caras de los extranjeros. Eso siempre tiene un atractivo en países comunistas.

Se acercaron tácticamente y después de algunas preguntas indiscretas sobre su nacionalidad Don Luciano les preguntó:

“Dime chica, cual es este edificio grande allá en la loma?”

“Una iglesia, pues”

“Y para qué sirve eso?”

“Bien, para bautizos, matrimonios, etc.”

“Bautizos, para qué?”

“Ay, sí, con eso los curas sacan un montón de plata del pueblo”.

Y así comenzó a girar el disco animado de todos los escombros de la Iglesia que en su escuela habían grabado. Salió un capítulo de Historia Eclesiástica, de la cual ni el Cardenal Dejong ni Lortz tenía la menor idea. El P. José reía entre dientes. Pero, esta vez dejaron a estas ovejas inocentes en la fe ortodoxa y por eso no se identificaron.

Desgraciadamente cuando se acercaron a su carrito llegaron corriendo dos chiquillos del rebaño del P. José:

—Padre, llévenos, por favor.

—Ya basta con eso de Padre, digan cómo cada niño normal: “Papá.”

Las chiquitas los seguían con mirada sospechosa. Sí, había tantos momentos divertidos en la vida de un Cura en Cuba.

Pero, basta. Terminamos nuestra segunda parte desde Cuba, primer territorio libre de América.

CHAPTER TWO

Enchanting moments in the lives of Don Luciano and his comrades.

Don Luciano was sitting at his desk in the sacristy, sleepy from the infernal heat of summer, in each armpit a handkerchief to soak up the sweat. The phone rings. Don Luciano lifts the handset to his ear and the other end hangs up. Another ring. Don Luciano picks it up again and the other end hangs up. Finally, another call and this time a voice asks, “Are you the little priest of San Camilo?”

“No, comrade, you are speaking to the Chief of the Cuban Communist Party.” And that put an end to the telephone call game.

After half an hour of prayer in tranquility, as it is called in classical mystical theology, the catechist came running.

“Padre, I was leading the children to the little chapel of San Antonio for the afternoon catechism class,” said Ana Maria, swallowing saliva nervously, “when our olive green-clothed brothers took me to the police precinct where I was told ‘only parents, comrade, can take their children to church.’ Padre, my knees trembled!”

“Are they still trembling?” asked Don Luciano.

“No, Padre, that only lasted until I found myself before a succession of men, and then I gave the most brilliant class lecture in my career as a catechist!”

Now it was Don Luciano’s knees that trembled. Yes, the Bishop had spoken to him of that new legal requirement: “Only parents are authorized to take their children to the temple.” Don Luciano had stayed as quiet as a tomb on this so as not to rile up the catechists unnecessarily. (And you know, dear reader, the importance of oral communication in the third world.) But now he felt profoundly culpable that Ana Maria had experienced those moments of terror for the Faith because of him.

“Not to worry, my daughter,” he consoled, “you did nothing wrong.”

You see, Don Luciano had visited the homes of each of those little men she spoke of during his enthusiastic first days and knew that in each of their homes you could fine images of the little Virgin and of the Sacred Heart. That they would take care of this, he was sure.

This reminded him of last week’s affair. The Director of the Catechism Program, a Godly soul and also a teacher by profession, was also called to the police station.

“Comrade, are you aware that what you are teaching can be difficult to reconcile with our revolutionary regimen, telling impressionable young minds these little stories about Adam’s apples and other theories like that?”

“Yes, sir, but difficult does not mean impossible. Our Prime Minister has taught us that you can always do more. No?”

“Comrade, it has reached our attention that you waste every afternoon on this.”

“I beg your pardon sir, but you have been misinformed. It is three afternoons, as we have three classes. And this, sir, occurs after I discharge my professional duties for the revolution.”

“In addition, every Sunday you are giving a poor example to our youth by going to Mass.”

“Oh Sir! You need to go see Padre Luciano to discuss intelligence gathering, as yours appears to be lacking. Among other things, he is aware of the bars where you and your colleagues go to drink and about the enchanting girls you meet there. They gossip among themselves and are fond of Don Luciano and keep him well informed. I would like to inform you that I go to church every day, not just on Sunday, and I can’t live without it, just like you can’t live without your little drinks and your girls. It’s simply a matter of taste, no?”

The ground was getting a bit slippery and court was adjourned.

It was time to close the case with his friend Juan. This one, in spite of his subversive activities with Don Luciano, had kept his professor’s post.

Don Luciano climbed into his bug and—this happened often—the motor did not want to start. A select Flemish word escaped into the air. Caramba, it had already been two years since almost every morning, after a brief and fervent prayer, he pushed his car from the garage to the portion of the driveway that inclined down to the street, jumped in and accelerated down the incline, the motor shooting sparks from the tailpipe.

Once a mechanic had covertly (all auto shops were state-owned) identified and fixed the problem. The price had been a bag of rice and the little car worked great for three weeks, before returning to the same game. A whimsical machine, that Volkswagen Beetle.

“Comrade, a little push, please.” There were still good souls nearby. And in that way it started. “Perfect. Thank you,” and Don Luciano would wave at The Lioness at the school’s entrance whose look would follow him affectionately.

Juan lived in a neighborhood with the lovely name “La Mosca” — The Housefly. “For crying out loud!” Don Luciano was distracted by another problem as his car rolled to a stop in the middle of the road. He was out of gas.

Happily, the Lord is always on the side of his priests. That morning he had been gifted a ration coupon for two gallons of gas. (You need to know that a Volkswagen is entitled to a ration of 8 gallons a month.) His good parishioners were always helping their pastor and, since ball-point pens were capitalist tools, only pencils were available in Cuba, and it was easy to substitute a different auto’s license number on the ration coupon.

Don Luciano set off on foot for Juan’s, with his coupon and a bucket for the gasoline for later. There was a smell in the air, but Don Luciano was used to the aroma in La Mosca. Juan was in.

“Oh, Padre, there was an excellent meeting of educators of this city. Let me tell you about it.”

“On the topic ‘Many students arrive late.’ . . . ‘Yes, the buses break down periodically,’ ‘the girls have to wash and iron their blouses because they only own one,’ ‘many have to take care of the little ones until their mother returns from the queue at the store that sometimes takes hours.’ Then another one says, ‘The blame is with the priests that say that students need to go to church first’.”

“ ‘That’s a lie,’ said the Director General. ‘I am well aware that these Belgian priests insist to the children that they have be at their best in their studies, in discipline, and in volunteer work’.”

“ ‘And they are!’ he shouted. What do you say to that, Father?”

Don Luciano thought for a minute and responded. “Juan, I now understand what I learned yesterday through unofficial channels: That the heads of the Party have reached the conclusion that they need to take advantage of my dynamism and would like to make me a member of the Party.”

“What should I do, Juan?” he asked. “We are all God’s souls and perhaps this will be good soil for the apostolate.”

“Father, think of the Gospel. You should not cast pearls before swine.”

Don Luciano forgot about taking care of the problem that he had set out to see Juan about. He was murmuring something about how he had yet to figure out how combat the sectarianism that had been drummed into the heads of his parishioners as he rattled down the highway from La Mosca and returned to his neighborhood.

Coincidentally while en route, Padre Pablo’s VW overtook Padre Luciano’s and flew past. Immediately they heard a loud whistle and the command to “Stop!” The two had passed a truck on a curve. One policeman was writing Padre Pablo a ticket while the other approached Padre Luciano to explain the infraction. But Don Luciano in the moment could not understand a word of Spanish.

“Foreigner?”

“Yes.”

“Russian?”

“Sort of, more or less.”

The policeman tried again to explain, but Don Luciano, trying his best, could not understand.

“On your way,” said the policeman in despair. That phrase, happily, Don Luciano understood.

A way ahead he stopped to wait for Padre Pablo, who told him “Of course he gave me a ticket.”

He also related that the policeman that tried to speak to Don Luciano approached his partner, telling him, “I could not get a word of Spanish from that Russian.” This method has proven successful a number of times.

Before going to bed that night, Don Luciano tried to think pleasant thoughts. Yes, Monday was nearing and he would be going to visit Padre José on the coast, who was so welcoming. He slept like a rock.

———

Monday came around. No collar to put on. Death and baptisms were suspended on Monday. On the way out of town there was handful of folks waiting for a bus and Don Luciano gave them a ride. Good folk; they had been waiting five hours for transport. A little further down the road was another group, they packed themselves in as best they could in his bug.

In this last group was a find: a mother and daughter that had been visiting their son and brother at a military camp.

“Oh comrade!, there they are shaping men for our glorious revolution.”

“Obviously,” replied Don Luciano.

Time flew pleasantly by with the chitchat, and Don Luciano learned that Fidel had made pronouncements yesterday that were full of hope: “Production is rising to astronomical numbers, and next year, or certainly by 1980, there will be an abundance of everything!”

On hearing this Don Luciano tried to remember something that Marx had written. How did it go? Oh yes, “communism is the opiate of the masses.” Compared to this, religion was small potatoes.

“We’re arriving in town. Where should I take you, comrade?”

“No, we can get off right at this corner, but at such and such a street and number you will find my house, which is yours if you should care to visit.”

Thank you, comrades, I am the pastor at San Camilo in Camaguey, there you will also find the house is yours, if you should care to visit.”

They seems confused for an instant and forgot all about Marx, stammering, “May God reward you, Padrecito.”

“You can see,” he thought, “that they have a Christian spirit naturally; the Christian soul is in their character. I’m sure that Saint Thomas was as intelligent as Marx.

———

And with that began that marvelous ritual of a Belgian Monday. First the cordial greeting from Padre José, a refreshing Daiquiri, a recounting of the week’s events, a tasty lunch (Padre José worked in the countryside and could more easily exchange a used pair of pants for a piece of ham, for example). Afterwards, always on the agenda, theology: Everyone retired to their room to strengthen their spirit with a good siesta. Then at around four, the beach. The caretaker was an old soul with Spanish roots and he brought out some arm chairs. They would alternate between telling stories or being quiet like genuine Flemings. This particular day was a tranquil day at the beach. There were four girls in the water, checking out the faces on the foreigners. Foreign faces are particularly eye-catching in communist countries.

They approached tactically and after a few indiscrete questions about his nationality Don Luciano asked, “Tell me, little one, what is that tall building over there on the hill?”

“It’s a church, it is.”

“And what’s it for?”

“It’s for baptisms, weddings, and things like that.”

“Baptisms, what are they for?”

“Oh, yes, with those the priests take a lot of money from people.”

And with that their vinyl record started spinning, animatedly playing back the drivel about the Church that their school had recorded in them. They played back a chapter of ecclesiastic history that neither Cardinal De Jong, nor Lortz* had ever realized existed. Padre José was chuckling. They left these innocent lambs alone without questioning their orthodoxy, and that is why Padre Luciano did not identify them.

Unfortunately, when they got near their little car, a bunch of boys from Padre José’s flock came running.

“Padre, take us with you, please!”

“Enough with this ‘Padre’ stuff! Say it like a normal child: ‘Papá’.

The girls looked on suspiciously. Yes, there were amusing moments in the life of a priest in Cuba.

But enough said. With that we conclude the second part of this story from Cuba, the first free territory in the Americas.

______________
Translator’s notes:

* Johannes de Jong (1885 – 1955) was a Dutch Roman Catholic Cardinal and Primate of the Netherlands. Joseph Lortz (1887 – 1975) was a Roman Catholic Church Historian from Luxembourg.

CAPITULO TERCERO

Como Don Luciano aprendió a conocer la vida movida en casa de Cachita.

Ya eran las diez de la noche. Don Luciano había visitado algunos enfermos. Pensó regresar al Convento donde tenía su cuarto, pero, en ese momento vió luz en casa de Cachita, una viuda con cuatro hijos. No sabía exactamente si era una inspiración del Señor o la atracción del cafecito como solo Cachita sabe prepararlo, de todos modos, sabía que su visita era siempre una cucharadita de aliento para Cachita. Paró.

“Ay Padre, pase por favor.”

Sonaba bastante flojo y Don Luciano deducía que Cachita había pasado otro día trastornado.

“Un cafecito?”

“Si, con mucho gusto.”

Cachita desapareció en su cocina alumbrada solo con una velita, el bombillo se había roto y no se encontró ni uno en toda la ciudad. Demoraba mucho ella y Don Luciano fue a ver.

“Que pasó con tu cocina de Kerosene?”

“Pues, Padre, el tarequito tan fiel ha prestado servicio durante 20 años, pero ayer expiró. Ahora tengo que cocinar utilizando dos latas perforadas con algunos huequitos, demora un poco más, pero funciona bien.”

Don Luciano se sentó. Cachita por si acaso, cerró la ventana que daba a la calle. Uno nunca sabe. Al lado está el C.D.R. (Comité de Defensa de la Revolución.)

“Explícamelo otra vez Cachita,” dijo el Padre Luciano.

“Pues Padre ellos son como una especie de Ángel de la Guarda nuestro, no notó usted qué en cada cuadra hay una casa con un cartelito así: C.D.R.?”

“Si.”

“Pues Padre puede ir hasta la cumbre de la Sierra, donde solo encontraras pocas chocitas, y allá está presente, también, uno de estos ‘ángeles’.”

Ahora vino la prueba contundente. Se abrió la puerta apareció una cara angelical que dijo: “Buenas noches, Cachita,” y desapareció.

“Ya ve Padre, ese es nuestro Angel de la Guarda, siempre están preocupados para que no caigamos en malas amistades.”

A lo que dijo Don Luciano: “Quizás soy yo una mala amistad?”

“Padre, yo no entiendo esto, en la sala de mi Angel se ve un cuadro del Corazón de Jesús, pero, al lado está el del Ché y otros bandidos, pero no sé si su foto cabe en esa compañía, pero, ya conoce usted, al marido; le quitaron una pierna a balazos los de Batista*. Ahora ella aporta su piedrecita para la seguridad de la revolución, pero ella no es mala”.

“ Hasta ahora solo ha delatado aun vecino porque siempre a la hora de las emisiones de "La Voz de las Américas" sonaba su radio como una trompeta para toda la vecindad; pero después ella se arrepintió e intervino en el juicio y solo le echaron diez años, pero, de hecho, ya regresó a su casa. Por dos veces lo ataron a los famosos postes del paredón para fusilarlo; liquidaron al que le quedaba a la derecha y al de la izquierda, pero a él le dieron el susto y lo soltaron, Usted lo conoce Padre, siempre está sentado en el último asiento del segundo banco”.

“Ah. Sí., ese hombre que parece venido de otro planeta, con su mirada vaga y triste?”

“Sí, es él.”

“Bueno, Cachita, dime ahora lo que tienes adentro, se te nota en la cara, además, veo tus pastillas de calmantes y eso es mala señal.”

“Ay. Padre, que vida, hoy ha sido un día del cual ni Job tenía la menor idea. Padre, ya existió en el tiempo de Job el comunismo?”

“Pues el de Marx no, pero quizás el de Matusalén, porque parece que en sus últimos años este viejo no era suave tampoco.”

“Esta mañana después de mi charloteo de 6 a 8 en la cola del pan, vine corriendo a la casa. Ana, mi cuñada, ya estaba esperándome en la puerta, y riendo y llorando a la vez rae dijo: "Cachita, ya está decidido nos vamos, los verde olivo ya hicieron el inventario de toda la casa y mañana llevan a Luis al Campamento de trabajo; la semana que viene tengo que ir también, a recoger naranjas. Me dijeron: el chiquito ya tiene doce años, puede seguir en el colegio y después del colegio guedarse con su tía Cachita."

Eso era una de esas cosas que Don Luciano nunca había entendido. Fidel en un momento generoso, había abierto la puerta: "Todos los que no estén de acuerdo con nuestro sistema, tendrán la oportunidad de marcharse;" El estaba seguro que solamente algunos elementos contrarevolucionarios, capitalistas, desaparecerían, sería una buena limpieza. Pero, se hizo una lista de centenares de miles que querían salir. Los amables gringos mandaron dos aviones diarios para trasladarlos.

Todos los que pudieron conseguir dólares de parientes o amigos ya afuera, salieron volando en los Boeing vía Madrid o México. Además, cada noche barquitos y lanchitas dejaban silenciosamente las lindas costas de la Perla del Caribe.

Las condiciones para la salida normal eran suaves: Se perdía el trabajo propio y se pasaba a trabajar al campo durante dos años. (Te aseguro, querido lector, que con el calor de Cuba, nosotros no saldríamos vivos de la jornada) Allá en esas granjas agrícolas, se vivía en un ambiente rústico del cual Hemingway hubiera gozado. Den Luciano vio muchos de sus feligreses, después de un mes, regresaban con “peso pluma.”

Eso, pues, era el panorama que Ana y Cachita tenían por perspectiva. Don Luciano no logró resolver ese enigma. Ya casi un millón de gentes habían tenido el valor de dejar esta paradisíaca Is la. Que era un paraíso, lo había leido Don Luciano durante sus vacaciones en Europa en muchos artículos.

Y continúa Cachita: “A las nueve. Padre, llega Paquito del Instituto, 'que está en el último trimestre del último año, diciendo que toda la parte masculina del aula tiene que comenzar su servicio militar la semana entrante. Tres años a cortar caña, y arrastrarse por el barro, como la serpiente diabólica de la Biblia; pero, hay otros peores, están reclutando, también, a hombres casados y les dan un sueldo bárbaro: 7 pesos al mes, para mantener mujer e hijos.”

“Como encontrar consuelo para todo esto?”

“Mira, Cachita, la nube más oscura tiene su orla de luz; no me dijiste ayer que Paquito ya no tiene ningún pantalón decente y que sus dedos están ojeando a través de sus zapatos? Pues ahora le regalan de todo eso nuevo.”

Pero las palabras de Don Luciano tuvieron poco efecto, pues ella estaba dispuesta a pasar, otra vez, media semana de día y noche en la cola para un pantalón y zapatos; yá estaba acostumbrada a esa especie de atracción.

“Y eso no es todo. Padre,” agregaba Cachita. “Todavía no sabemos a qué Sección lo mandan pues ahora tienen dos clases de soldados: los de confianza, con conciencia revolucionaria, y los demás a quienes mandan al U.M.A.P.† ; donde han reunido todo lo mejor del país: vagos, ladrones, homosexuales, etc. y todos los que profesan públicamente alguna creencia religiosa, y usted sabe, Padre, que a pesar de las vagas amenazas de sus compañeros, Paquito siempre se quedó en el Coro."

Eso sí es serio, pensaba Don Luciano. Allí estaban, también, tres Sacerdotes que habían visto y vivido cosas de película.

Afortunadamente se interrumpió la tensión del relato pues Jorguito se había caído de la cama y vino a preguntar: “Mami, porque la maestra quería saber otra vez los que iban a hacer su primera comunión? Eso viene en nuestras notas?”

‘No, mi hijito, eso era en tiempo de las monjitas.”

Jorguito calló, y en un ratico comenzó a sonreír y dijo: “La Maestra dijo qué Dios no existía.”

”Dijo que si existieran los pobrecitos católicos podrían quizá hacer una oración para que lloviera después de tanta sequía. Y cuando comenzó, a llover a cántaros, ella dijo entonces que eran esos malditos yanquis que soplaban las nubes hacia Cuba.”

“Bien, Jorguito, el Señor también está preocupado con la zafra en Cuba, sea comunista o no lo sea.” Jorguito estaba de acuerdo con el Evangelio y su mamá lo metió otra vez en la cama.

Mientras tanto, Don Luciano vió un libro de estudio abierto; el de Teresita, primer año de Secundaria, y allí aprendió que la luz eléctrica, el teléfono y un montón de cosas modernas habían sido inventadas por los rusos. Los libros escolares de Cuba están llenos de chistes como ese.

Cachita gimió, llenó otra tacita de café y la letanía siguió. —Padre, i que hago con Julieta?, imagínese, se enamoró de un joven miembro de la juventud comunista. No ha visto, cuando ella va al cursillo de formación los sábados por la noche? El está dando vueltas por la plaza, y después se quedan paseando por la calle. Juana, la de la esquina, les había visto una vez en un lugar oscuro y me dijo que evidentemente estaba muy familiarizado con el amor libre, y ahora ya viene a casa a veces, pero callamos como peces, pues, que hay que conversar con él?, no obstante parece un buen muchacho.”

“Sí, claro,” dijo Don Luciano, “ya hace algunas semanas que él asiste al cursillo y es el chico que con más interés pregunta. No te preocupes, Cachita, él tiene buen corazón cristiano. Ayer vino a verme, secretamente, porque, imagínate, su mamá es miembro de la policía de seguridad.

“Me dijo él: ‘Padre, sinceramente, yo siempre creí lo que me decían mis camaradas—Ten cuidado en la Iglesia, son contrarrevolucionarios—y ahora veo que no hay nada de eso’.”

“ ‘No, chico,con eso no perdemos el tiempo. Cristo, créeme, ha dicho cosas mucho más interesantes que la collera de Marx, Lenín, y Fidel juntos.’ Tranquilízate, Cachita, eso termina bien.” (Y efectivamente, al año siguiente ese amor terminó, en una misa emocionante en el Santuario Nacional de la Virgen del Cobre, durante un retiro.)

Todavía Cachita tendría algunas jeremiadas, pero Don Luciano se levantó, eran las 11:30 p.m. y su cabeza zumbaba un poco. Todos los días tenía que escuchar y digerir historias de alguna Cachita.

Madres que ni siquiera encontraban un platanito para preparar un puré a su bebé; mujeres del campo lejano que pasaban días y noches detrás de la reja del Hospital Infantil, cerca de la Iglesia. No, gastroenteritis, según un poeta extranjero, ya no existia en Cuba. Pero, lo que Don Luciano sabía, por medio de una enfermera, es que el mes pasado murieron diariamente una docena de niños de gastroenteritis.

———

Mejor era no pensar en eso ahora. Don Luciano, cansado, cogió su breviario y pidió con fervor fortaleza para su rebaño..... y que Fidel se vuelva un poco más inteligente, y que los obreros subalimentados no tengan que ganar tantos galardones por sus cuatro o seis horas de trabajo voluntario al día, y que sus jóvenes universitarios lo aguantarían sin negar su amor por el Señor, y que el Señor le de fortaleza para ayudar, cada día, a cargar con tanto sufrimiento y.....y ahora, no pensar.

Eso le había dicho el médico, cuando al principio, después de varias noches sin dormir, había tenido que ir a descansar por un largo rato.

Y luego, en sueños, vio que en un muladar se levantaban algunas florecitas, por aquí, por allá, levantaban sus cabecitas. Sí, crecía mucha vida cristiana entre ese montón de sufrimiento. "Sí, un grano de trigo . . . "

Y finaliza la tercer parte desde Cuba, primer territorio libre de América.

______________

* Flugencio Batista fue el dictador cubano que Fidel Castro tumbó.

† UMAP: Unidad Militar de Ayuda a la Producción Agrícola

CHAPTER THREE

How Don Luciano learned to appreciate the commotion of life at Cachita’s house.

It was already 10 p.m. Don Luciano had been visiting some ill parishioners. He thought about returning to the convent where he lived, but in that moment he saw the light on in Cachita’s house. She was a widow with four children. He did not know if it was God’s inspiration for him to stop to see her, or if it was the little cup of strong, sweet coffee that only she knew how to prepare. Regardless, he knew that his visits were always a little spoonful of fresh air for Cachita. He stopped and knocked.

“Oh, Padre, come in please.”

Her greeting sounded a bit forced and Don Luciano deduced that Cachita had had another difficult day.

“A bit of coffee?”

“Yes please, I would like that very much.”

Cachita disappeared into her kitchen, which was illuminated with a little candle. The lightbulb had failed and another one could not be had anywhere in the city. She was taking a while so Don Luciano went to in to see.

“What happened to your kerosene stove?”

“Well, Father, that loyal little thing was in service for 20 years but it died yesterday. Now I have to cook on this pair of tin cans perforated with holes and it takes a little bit longer, but it works out.”

Don Luciano sat down. Cachita, just in case, shut the window that looked out to the street. One never knows; the CDR, the Committee for the Defense of the Revolution for her block, was housed next door.

“Tell me again, Chachita, about the CDR,” asked Padre Luciano.

“Well, Father, they are a type of Guardian Angel of ours. You have seen that there is a house on each city block with a little CDR sign in the window?”

“Yes.”

“Well, Father, you can go to the top of the most distant mountain, where there houses are few and far between, and you’ll will be sure to find one of these ‘angels’ there.”

And immediately, proof appeared. Her door opened and angelic face looked in for a second, said “Good night, Cachita,” and disappeared.

“There you see it, Father, that was our guardian angel, always concerned that we don’t fall in with bad company.”

Don Luciano asked, “could I perhaps be the bad company?”

“Father, this is what I don't understand: In the parlor of my Angel there is a framed image of the Sacred Heart of Jesus, but next to it are ones of Che Guevara and the other bandits. I don’t think His photo fits in with those others. But you know her husband, he lost a leg to bullets from Batista.* Now she is one of the many bricks in the Revolution’s security wall; but she herself is not a bad person.”

She continued, “until now she has only ratted out one neighbor who would turn up the sound when the Voice of America broadcast [from Washington] came on, trumpeting it out to the entire neighborhood. But afterwards she came to regret it and intervened at the trial and he only got ten years, and in fact, he’s back at his house. Twice they tied him to one of the infamous posts at the prison wall to execute him, but they instead shot the prisoner tied on his right and on his left and then took him back to his cell. You know him, Father, he is the one that sits in the far end of the second pew.”

“Ah, yes. Is that the man who looks like he’s just arrived from another planet, with his sad, distant stare?”

“Yes, that’s him.”

“Okay, Cachita, now tell me what’s bothering you. I can see it in your eyes, and, I’ve noticed the sedatives in that bottle over there, and that’s not a good sign.”

“Oh! Father, what a life! Today has been a day that not even Job could understand. Father, did communism exist in Job’s day?”

“Well, Marx’s communism, no. But perhaps it was Methuselah’s version, because it appears that in his last years he was not easy on his subjects either.”

“This morning after my six to eight o’clock wait in line to get the loaf of bread I rushed back home. Ana, my sister-in-law, was waiting for me at the door, happy and crying at the same time. She told me, ‘Cachita, we’ve decided we’re leaving. The olive-green uniforms just finished the inventory of our house and tomorrow they’ll take Luis to the mandatory work camp. I myself have to report to a camp next week to pick oranges. They told me that my son is old enough, at twelve, for me to leave him home alone. ‘After school he can stay with his aunt Cachita’.”

This was one of the things that Don Luciano never understood. Fidel, in a moment of generosity, had opened the door: “Anyone who is not happy with our system will have the opportunity to leave.” He was sure that only a few counterrevolutionary elements and capitalists would disappear and it would be a nice housecleaning. Instead, the list grew to hundreds of thousands of people who wanted to leave and the kindly gringos were sending two jetliners a day to pick them up.

Anyone who could obtain dollars from family or friends who had previously left flew out on a Boeing 707 via Madrid or Mexico City. Additionally, every night little boats and launches silently left the beautiful beaches of the Pearl of the Caribbean.

The requirements to be allowed to leave were easy: You were fired from your job and went to work in the countryside for two years. I assure you, dear reader, that in the Cuban heat, you and I would not be alive at the end of the first day. Out on those farm camps life was lived very rustically, in a way that Hemingway would have enjoyed. Don Luciano saw many from his congregation, after a month, returning as thin as a rake.

That was the near-future that Ana and Cachita were worried about. There was nothing Don Luciano could do to solve their conundrum. Don Luciano had read in a number of articles during his previous vacation in Europe that almost a million people had had the fortitude to leave this island paradise.

Chachita continued, “at nine o’clock Paquito arrived from the Institute where he was in his last trimester of his last year before graduating, telling me that all the male students in his class were told to start their military service next week. This means three years cutting cane and dragging themselves through the mud like the diabolical serpents in the bible. And its gets worse: they are also conscripting married men and they are paying them a cruel salary, seven dollars a month, for them to support their wives and children at home.”

She finished by asking, “how can one find comfort in any of this?”

“Look, Cachita, even the darkest cloud has a silver lining. Didn’t you tell me yesterday that Paquito did not own a decent pair of pants and that his toes were sticking out of holes in his shoes? At least now they’ll give him new clothes and boots.”

But Don Luciano’s words were having little effect. She was prepared to continue spending half a week, day and night, in line to see if she could find pants and shoes to buy for him. She was accustomed to this style of amusement.

“And that is not all, Father,” added Cachita. “We still don’t know what classification they’ll assign him. Now a days there are two types of soldiers, the trustworthy ones with a Revolutionary mindset, and the rest of them that will be sent off to U.M.A.P.† camps. There they bring together the worst of the country: the idle, thieves, homosexuals, etc., and anyone who has publicly professed religious beliefs. You yourself know, Father, that despite shadowy threats from his classmates, Paquito never left the church choir."

This was serious, Don Luciano thought, in one of those camps were three Cuban priests that had seen and lived things from the movies.

Fortunately, her little son Jorguito had woken up and wandered into the room to ask, “Mami, why did my teacher keep asking who going to have a first communion? Will that be reported with our grades?”

“No my son, that used to happen back in the days of the nuns.”

Jorguito was quiet for a minute and then started to smile and said, “The teacher said that God did not exist. Said if He existed, then the poor little Catholics could pray for rain to help with the drought. But then the day it rained hard and caused that flood she said it was those cursed Yankees that were blowing rain clouds towards Cuba.”

“That’s good, Jorguito. The Lord is also worried about the harvest in Cuba, whether he is communist or not.” It looked like Jorguito was on the Gospel’s side. His mother went to tuck him back in to bed.

While she was away, Don Luciano spied a schoolbook open on the table. It was Teresita’s, from the first year of secondary school and in it he learned that the electric light, the telephone and a bunch of other modern conveniences had been invented by the Russians. Cuban schoolbooks were filled with jokes like those.

Cachita moaned, filled another cup with coffee and continued her litany. “Father, what will I do with Julieta? Can you imagine it? She fell in love with a lad in the Communist Youth. Have you noticed that when she goes to your formation class Saturday evening, he is circling the plaza, and afterwards they take a walk? Juana, who lives on the corner, saw them once well away from the streetlamp and told me that it was evident they were very familiar with free love. Now he comes by the house every once in a while, and we are as quiet as fish since we what is there to say? Nevertheless, he seems like a good person.”

“I agree,” said Don Luciano, “and he has been going to my class for a few weeks now and he is the student who asks the most questions. Don’t worry, Cachita, he has a Christian heart. Yesterday he came to see me secretly, as you can image, his mother works with the security police.”

“He told me, ‘Father, sincerely, I always believed in what my comrades told me—Be careful with the Church, they are counterrevolutionary—and now I see there is none of that.’”

“I told him, ‘no, chico, we don’t waste our time with that. Christ, believe me, has uttered much more interesting things than the Marx-Lenin-Castro gang.’ Don’t worry, Cachita, this will end well.” (And in fact, the following year that love came to fruition in a moving Mass at the National Sanctuary of the Virgen del Cobre at a retreat.)

Cachita was not finished with her jeremiad, but Don Luciano stood. It was 11:30 p.m. and his head was buzzing. Every day he would have to hear and counsel a different Cachita.

There were mothers who could not find a single banana with which to prepare a mash for their baby. Women from the countryside spent day and night on the other side of the wrought iron gates at the Children’s Hospital near the church. No, gastroenteritis no longer exists in Cuba—the foreign poet famously wrote—but Don Luciano learned, from a nurse, that in the previous month a dozen children died every day from that deadly infection.

———

It was best not to dwell on that. Don Luciano, tired, picked up his breviary and passionately asked for fortitude for his flock . . . and for Fidel Castro to become a bit more intelligent, and for his malnourished workers to get something better than awards for their four to six unpaid additional hours of work every day, and that his students in University could endure without having to deny their love of God, and that the Lord give him strength to help him to bear the burden, day after day, of all that suffering. And . . . and now . . . no more thinking.

That was what the doctor told him, when after a few night of no sleep, he had to stop and rest up for a while.

And later in dreams, he saw that on a dunghill a few flowers had bloomed here and there, raising their heads to the sky. Yes, there was much Christian life growing in that pile of suffering. “Unless a kernel of wheat . . . “

And with that we are at the end of this third part from Cuba, the first free territory in the Americas.

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Translator’s notes:

* Flugencio Batista was the Cuban dictator that Fidel Castro overthrew.

† UMAP: Military Units in the Assistance of Agricultural Production

CAPITULO CUATRO

Como Don Luciano se familiarizó poco a poco con los cabriolas del derecho rojo.

Don Luciano había leído una vez en su juventud un librito malo que decía: "En el marxismo, todo lo que contribuye a su progreso es moralmente bueno, todo lo que hace daño al marxismo, es moralmente malo."

Cuando, por ejemplo, un hijo delata a su papá o a su mamá al Partido por no tener ideas ortodoxas, era acto bueno, y así cosas tan feas como esa. Ahora, él podía averiguar y comprobar lo que significaban esas calumnias. Pudo comprobar, de todas maneras, que la moral y el derecho marxista tenía una flexibilidad y una creatividad extraordinaria en comparación con el torpe derecho capitalista; era, seguramente, que para ayudar a esa imbecilización ya no se necesitaba Facultad de Derecho en la Universidad, y que los Abogados se ocuparan solo de poner un sello en los papeles.

Existían muchas leyes no escritas de las que la gente se enteraba cuando involuntariamente las infringía. Como por ejemplo la ley que prohibía a las catequistas llevar los niños a la Iglesia; eso se comunicó discretamente a los obispos y con eso basta.

Otro ejemplo. El P. José contó que un hombre de su parroquia mató una vaca, lo que no se puede hacer porque todas las vacas son del Estado, por lo que el hombre fue multado en 500 pesos. Casi al mismo tiempo otro hombre mató a su mujer y le pusieron otra multa de cinco pesos. Mujeres había suficientes y con ellas no se obtienen divisas extranjeras y con la carne de vaca, sí.

Claro, esos eran chismes contra revolucionarios, pero, de todos modos, el comentario era general.

El derecho marxista determinó: .Hay libertad de culto dentro del templo, eso por lo menos está claro. Pero, tenía que comprenderse bien. Al P. Antonio, después de tres años de servicios prestados se le agradecieron cordialmente, pero . . . se le rogó que no regresara a Cuba. Su “ficha” mencionada entré otras cosas: Noche buena de 1965 en su Iglesia tuvo lugar una pequeña obra de Navidad, con escenario. En esa obra un jóven dijo: “Siempre lo mismo, arroz y pan, pan y arroz.” Sí, sí, tenían el texto entero y eso era obra del P. Antonio. ¡Que mentira más fea! Aparte del pan y arroz, a veces a fines de mes el menú variaba un poco: ni pan, ni arroz.

Otro de los recuerdos de los primeros años: Tres distinguidos ciudadanos fueron sacados de sus camas sin mucha explicación y fueron llevados a juicio; al lado del salón en que los juzgaron ya había tres “cajas” preparadas, y en menos de 24 horas la cosa ya estaba resuelta... tres víctimas más. Durante semanas un cielo de plomo pesó sobre Camagüey. Durante un tiempo Don Luciano pasó noches en blanco. Desde ese momento la ciudad quedó tranquila, expectante. Porque eso despertaba siempre en los cubanos ciertas imágenes alentadoras de los primeros días de la revolución.

Cuantos fueron llevados al paredón per aclamationen (como en tiempos antiguos se nombraban los obispos: "por la voz del pueblo.") Don Luciano había olvidado el número de los llevados al paredón.

También en la Iglesia de Don Luciano habían quedado huellas de la jurisprudencia cubana revolucionaria. Cuando por la mañana, antes de la misa, rezaba devotamente su breviario, .en el portal, a veces, le llamaban la atención, algunos "huequitos" en el techo.

“Sí, padre,” había contado la devota Esperanza, “eso también ocurrió al principio de la revolución, Ay! padre, usted no vivió el día de la procesión de la Caridad” “

“La cabeza de la procesión ya entraba la Iglesia mientras la cola se movía por el puente, ya sabe usted a que distancia. Y todo el mundo rezaba con fervor, Padre, pero, cuando se llenó la iglesia, aparecieron algunos hombres de uniforme verde olivo y las balas empezaron a silbar cerca. Todo el mundo se tiró al suelo, y así acabó la procesión.”

Si, probablemente, la cosa tenía un olorcito político y eso debía evitarse. Cuestión de contaminación del aire puro del horizonte marxista.

———

Desde el primer año Don Luciano, con la colaboración de sus feligreses, había embellecido un poco el patio alrededor de la Iglesia, así colaboraban con el programa estatal: "Mi ciudad, la ciudad más limpia de Cuba," pero, los mataperros chiquitos que jugaban alrededor de la Iglesia no estaban tan entusiasmados con eso, y resultó una excepción que una planta o una flor llegara a su pleno desarrollo. Don Luciano contó unos cuantos años con el ojo omnipresente, vigilante de la jefatura de la Policía frente a la Iglesia, pero de allá no se podía esperar mucho aporte. ¿Que hacer, pues?

Era un caso de autodefensa primero utilizó medios pacíficos.

Don Luciano siempre llevaba consigo una pequeña linterna que tenía efectos maravillosos, cuando sorprendía a los niños desarreglando el jardín, levantó la cosita misteriosa a los ojos de los niños y su lucecita chispeante dispersaba la collera.

A veces un cobarde venía a decirle que no había hecho nada, y a ver si esas "fotos" no eran peligrosas. Don Luciano dejó flotar el misterio sobre el asunto.

Pero, que pasó una noche, ya tarde? Don Luciano había rezado en la oscuridad. Cada sector de la ciudad, por turno, se quedaba una semana sin luz, largo rato por el progreso de la revolución que iba a hacer el Hombre Nuevo* (las malas lenguas decían: este tendrá cuatro brazos y ningún estómago). En un momento oyó risas a carcajadas muy cerca. Abrió una ventana un poco y efectivamente: dos mataperros habían volado un cuadro entero de flores y después se tiraron tras el murito que rodea el patio, muertos de risa.

Este era el momento oportuno, Don Luciano en cuatro pies, salió, corrió y agarró a los dos muchachos y les dió una buena sacudida, murmurando algo de fotografías, y luego Ios soltó. En una fracción de segundo habían desaparecido. La oscuridad de la noche escondió púdicamente la intervención júridica de Don Luciano.

———

Al lado del Colegio de “La Leona” vivía una especie de “homínidos” con nueve hijos, todos de la marca mataperros. Le habían causado a “La Leona” bastante cólera, pero, a pesar de su tarjeta de miembro del Partido, no había podido arrancar ésa mala hierba.

Don Luciano sospechaba algo malo: el terreno de operaciones de los mataperros era el jardín de la Iglesia. Después de la clase de Catecismo, todo estaba tranquilo en la Iglesia. Don Luciano, cuando algunas piedrecitas golpearon las paredes y cristales.

“Caramba,” pensó, “allí están.”

Cerró solemnemente su breviario, y arrancó des de una puerta lateral, hizo una maravillosa voltereta y agarró al culpable al que dio dos buenas "galletas" (zurras) y un puntapié bajo el fondillo, y se fue volando el delincuente. Pero, ahora la cosa pasó a la luz del día y posiblemente hubo testigos.

Ese fue el momento triunfal de “La Leona”. Organizó bien la cosa: Don Luciano tenía que comparecer ante el “Tribunal Popular,” esa genial invención del comunismo para la verdadera justicia de la boca del pueblo. “Compañero Don Luciano, queda usted citado para mañana viernes a las 8:00 p.m. en el Club Gallístico. Revolucionariamente, X.” Don Luciano buscaba un poco de consuelo en el Evangelio y en la lectura de “Don Luciano El Obispo”, y las ovejas de Don Luciano temblaban cuando pensaban en lo que esperaba su pastor.

Viernes 8: 00 p.m. en el Club Gallístico se reunieron más o menos cuatrocientas personas entusiastas: toda la chusma selecta de la ciudad, cámaras de cine, grabadoras, “tumbadoras” para aprobar los pronunciamientos del tribunal y, a la cabeza de la tropa “La Leona” triunfal.

Pero, el que no apareció fue Don Luciano. Se sentía un poco mal. Mandó, eso sí, algunos de sus “servicios de información” para disfrutar con ellos, aunque el de lejos, del buen ambiente, y suplicó al Señor que, por favor, su ausencia no causara un infarto a “.” Su súplica fue escuchada, pero él pudo imaginarse que duro había sido para “.”

Ella regresó desilusionada al igual que la chusma. Pero, la cosa no estaba terminada. Otra cita después de pocas semanas, pero, hubo tiempo de manejar los títeres en La Habana y la cosa se convirtió en un modelo de Tribunal Popular, pero, show ya no habría.

Don Luciano, con el P. José y el P. Theo, cantando el "León Flamenco" aparecieron a las 8:00 en punto en el Club Gallístico, casi todo vacío, pero, poco a poco se llenó, pero, milagro, esta vez casi todos eran sus feligreses y vecinos. Siguió una larga epístola con palabras muy eruditas del diccionario médico, de las magulladuras del pobre muchacho; de las nalgas no se habló. Sí, claro, hubiera sido algo incómodo tener que probar las magulladuras de esa parte.

Don Luciano intentó hablar sobre su preocupación de la belleza del aspecto de la ciudad, y sobre la necesidad de proporcionar espejuelos a los policías de enfrente, pero no le dieron chance. Durante tres cuartos de hora se retiró el juzgado para deliberar sobre la sentencia. Don Luciano miraba las caras pálidas de sus feligreses, y tiraba, serenamente, humo de su cigarrillo.

Y, ¿saben en que paró? Pues le dieron un mes de vacaciones en el Convento donde se alojaba, reclusión domiciliaria. Esto era, exactamente, lo que Don Luciano necesitaba para un reposo tan anhelado, y para reajustar un poco su vida espiritual.

Cuando se terminó ese mes maravilloso era el día de las madres un domingo. A las ovejas de Don Luciano les brillaban los ojos cuan do vieron subir al altar a su Pastor. Comenzó el Sermón: "El día de las Madres salió el Padre." La Iglesia temblaba de cantos de alegría, y la colecta, destinada al Seminario, saltó de un solo golpe de 500 pesos del año pasado, a 3,000 de pura alegría porque el Padrecito había regresado. Don Luciano pensó: "El Señor es grande y maravilloso en sus obras."

Porque una maestra que había dado a un niño un golpe, que necesitó de tres puntos para coserle la herida causada, no tenía que pasar por el tribunal popular? El hecho quedó en el misterio.

———

Y en otras pocas palabras debe añadirse otra clara muestra de la jurisprudencia roja.

Del otro lado de la calle Don Luciano tenía un tesoro: una vieja casa, casi una ruina, con un local bastante amplio a la entrada, y alrededor de un patio unas cinco cuevas oscuras, pero de gran valor para el grupo de catecismo y otras reuniones. Un sábado soleado, por la tarde, había dos verde olivo esperando junto a la puerta. “Esta casa, dijeron, pertenece ahora, según las leyes de la revolución, al Estado.” Documentos no eran necesarios para eso, era un hecho patente; pegaban un sellito, por el centro de la puerta, en el cual se leía amable amenaza para quien quisiera tocar ese selló.

Don Luciano corría por todos lados defendiendo el derecho de la Iglesia. Un viejo zorro, llamado Sesín, prometió resolver el problema después de Navidad. Quería pasar esos días, dijo, en la intimidad de su hogar en la Habana. Pero, este viejo perito del amor, tenía una amiguita en Camaguey, y por caminos desconocidos de su servicio de información. Don Luciano aprendió, gracias a la lengua de la "Compañerita" que la cosa no se resolvería tan fácilmente. Entre tanto mandaban a Don Luciano de un lado a otro, unas veces el caso estaba en manos del Ministro de Viviendas y otros en el de Justicia. Iba y regresaba de La Habana y aún trató de enfrentarse con Fidel mismo, pero, este siempre estaba ausente por casualidad.

El fondo de la cosa era que la casa, arreglada un poco, con muchos esfuerzos, atraía a muchos jóvenes que allí serían corrompidos por principios burgueses, y eso no se permitía. El hecho es que después de año y medio, una mañana se encontró la puerta de la casa abierta.

Don Luciano fue a echar una mirada; quien estaba allá?, en medio de la hierba alta del patio; “La Leona” con dos nobles señoras más. “Esta casa pertenece ahora al Ministerio de Educación” aclaró.

Don Luciano corrió a la Jefatura y allí le dijeron: “no. Padre, eso no puede ser así, mientras no llegue la resolución de La Habana; será mejor poner una queja por escrito.” Y así se hizo aunque Don Luciano sabía que la carta iba a perderse en algún rincón olvidado.

Por eso decidió enseguida limpiar el campanario, darle una manito de pintura y seguir con sus actividades subversivas. Si, es verdad, pensó Don Luciano, había que inventar un diccionario nuevo con el nuevo sentido de conceptos como: derecho, propiedad, libertad, etc.

Con esto terminamos nuestra cuarta parte desde Cuba, primer territorio libre de América.

CHAPTER FOUR

How Don Luciano familiarized himself little by little with the twists and turns of red law.

In his youth Don Luciano had read a nasty little book that said, “With Marxism, anything that contributes to its progress is morally good, and anything that can hurt Marxism is morally bad.”

When, for example, a son reports to the Party that his father or mother are having unorthodox thoughts, it is a considered a good act. Other ugly acts in this vein are likewise considered good acts in this new reality. Now, the son could first try to find out why what his parents are discussing is considered wrong. But if he tried that he would find that Marxist morality and legality has extraordinary flexibility and creativity when compared with ham-handed capitalist laws. It would seem that to assist in this moronization of society there would be no need for law faculty in universities, and that lawyers should limit themselves to merely stamping paperwork.

There are many unwritten laws you have no idea exist until you unwittingly break them. Like, for example, the law that prohibits catechism teachers from walking their students to church. For that one all it took to enact it was a quiet call to the bishop.

Another example. Padre José told of a man in his parish who killed a cow. This is illegal because all cows belong to the state and the man was fined 500 pesos. Almost the same day another man killed his wife and he was fined five pesos. It seems that there are plenty of women around and they don’t fetch foreign exchange revenue like beef does.

Yes of course, these stories are counterrevolutionary gossip, but similar stories are constantly told.

Marxist law clearly states that there is freedom of worship inside the temple, but you have to understand it carefully. Father Antonio, after lending his services to a church for three years was cordially thanked . . . and asked not to return to Cuba. His “file” contained this item among others: On Christmas Eve, his church mounted a small play. In that play a child said, “always the same: rice and bread, bread and rice.” Yes, yes, they had the complete transcription of Father Antonio’s play in the file. What a nasty lie! In addition to bread and rice, sometimes the menu varied a bit: no bread, no rice.

A recollection from Don Luciano’s first years: Three distinguished citizens were dragged from their beds one night without much explanation and taken directly to court. In the room next to where they were judged were three pine boxes at the ready, and less than 24 hours later it was over . . . three more victims of justice. For weeks following a leaden sky pressed down on Camaguey. Don Luciano spent sleepless nights and the city was expectantly quiet. It awoke in the Cubans certain discouraging images from the first days of the Revolution.

How many went to the wall per aclamationen —latin for “by acclamation”—like in the ancient days when bishops were named “by the voice of the people.” Don Luciano has lost count how many people had been taken to the wall for execution by firing squad.

The jurisprudence of Cuba’s most recent and ongoing revolution left fingerprints even in Don Luciano’s church. As he prayed his breviary in the morning before Mass and some little holes in the ceiling would occasionally catch his attention.

“Yes, Father,” the devoted Esperanza had explained. That happened in the early days of the revolution. Oh Father!, you did not live through that day, the day of the last Virgin of Charity procession.”

“The head of the procession was entering the church and the tail was still on the bridge blocks away, so you can judge its great length. Everyone was praying with great fervor, Father, and when the church filled some men in olive-green uniforms showed up and bullets started to fly. Everyone threw themselves to the floor and that was the end of that procession forever.”

You can suppose that the procession smelled politically wrong and had to be stopped—it was contaminating the rarefied air on the Marxist horizon.

———

From his arrival Don Luciano, with his congregation’s help, tried to beautify the grounds around the church in the spirit of the state program “My City, the Cleanest City in Cuba.” But some juvenile delinquents that played around the church weren’t as enthusiastic about it. It was an exception when a bush or flower managed to reach maturity. For a few years Don Luciano counted on the omnipresent eye right across the street—the police station—to take action, but he eventually figured out that he should not expect much help from there. What to do?

Finally it was time for self-defense. First he tried peaceful countermeasures.

Don Luciano always carried a small flashlight which provided marvelous results when surprising the children disordering the grounds. Aiming the mysterious gizmo at eyes, the flickering light would disperse the gang.

Occasionally one of the cowards would come by to say he had done nothing wrong while inquiring into the “photos” he thought Don Luciano was taking. Don Luciano did nothing to dispel the notion.

One late night, Don Luciano was in the church praying in the dark. Each sector of the city, in turn, was left with no electricity for a week, a long time of darkness despite the progress the revolution was having in creating the New Man*. (Wags said that the New Man will have four arms and no stomach.) He had just finished a prayer when he heard mirth and laughter outside. He opened the window a crack and, yes, two delinquents had knocked down an entire flowerbed and were crouching behind the low wall that surrounded the grounds, laughing uncontrollably.

Here was the opportune moment. Don Luciano dashed out grabbed the two boys and gave them a good shake. Mumbling something about having proof on photos he let them go. In a fraction of a second they were gone, the darkness having hid his juridical intervention.

———

Next door to The Lioness’s school lived a species of hominoids with nine children, each of them of the subspecies “juvenile delinquent.” They had caused The Lioness much indignation, but despite her position in the Communist Party she had not been able to pull up those bad weeds.

Don Luciano had a suspicion and it was ominous: these juvenile delinquents’ territory was the church grounds. One day after catechism class all was quiet at the church. Then he heard little stones hitting church walls and windows.

“Oh Bother!” he thought. “There they are again!”

Don Luciano solemnly closed his breviary, and dashed out of a side door, did a marvelous somersault and grabbed the culprit, to whom he gave two good slaps on the posterior before sending him on his way with a kick. The delinquent went flying. This time, the both the crime and the justice happened in broad daylight, and there may have been witnesses.

This was the triumphal moment for The Lioness. She arranged for a “Popular Tribunal” to which Don Luciano was ordered to appear. This is a brilliant communist invention that elicits true justice directly from the public’s mouth. “Comrade Luciano, you are hereby cited to appear tomorrow Friday at 8:00 p.m. at Galician Hall.” It was signed “Revolutionarily yours” followed by an illegible signature. Don Luciano looked for consolation in the Bible and in the words of the theologian and martyr Lucian of Antioch. The Bishop and Don Luciano’s own lambs trembled when they thought what was in waiting for their pastor.

Friday at 8:00 p.m. at Galician Hall some four hundred enthusiastic people were present: the select rabble of the city. Also present were movie cameras, tape recorders, and tumbrel-followers† to okay the tribunal’s pronouncements. At the head of the assembly was The Lioness, triumphant.

But Don Luciano did not appear. He was feeling a bit ill. He did send some of his “transmissions”—prayers—for their wellbeing, if from a distance. And he appealed to the Lord that his absence not cause The Lioness a heart attack. His supplication was heard, but he could imagine how hard she took his absence.

She and the rabble left disappointed, but the matter was not over. Another appointment was set for few weeks later. This delay allowed the puppeteers from Havana to convert the case into a model Popular Tribunal. It would no longer be a “show.”

Don Luciano with Father José, and Father Theo, singing the Belgian national anthem en route, showed up at 8 o’clock on the dot at Galician Hall. It was almost empty when they arrived but little by little it filled, by some miracle, with actual neighbors and members of the congregation. It began with the reading of an epistle filled with erudite words from a medical dictionary detailing the bruises on that poor boy. But of his posterior, nothing was said; understandably it would have been awkward to show evidence from that part of the body.

Don Luciano was planning to speak about his preoccupation with beautifying the city and about the need to hand out eye glasses to those in the police at the station out front, but he was not given a chance. After three quarters of an hour the court recessed to deliberate the sentence. Don Luciano looked out on the pallid faces of his congregants and calmly blew out smoke from his cigarette as he waited.

Do you know what happened? They gave him a month’s vacation at the Convent where he lodged: or, as they said, house arrest. That was exactly what Don Luciano needed, a much desired rest to readjust his spiritual life a bit.

That marvelous month ended just in time for Mother’s Day. That Sunday Don Luciano’s lambs had tears in their eyes as their pastor climbed to the altar. His sermon: “The Father Came Out on Mother’s Day.” The church vibrated with songs of joy, and the collection, earmarked for the Seminary, jumped from the previous year’s $500 to $3000 due to pure happiness that their Padrecito had returned. Don Luciano thought, “the Lord is great and marvelous in his works.”

Should the case of a teacher hitting a child resulting in three stiches to repair the wound end up in a trial at a Popular Tribunal? That was the question.

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And with a few more words, we add another clear example of red jurisprudence.

On the far side of the square Don Luciano had a genuine treasure: an old house owned by the church, almost a ruin, but with plenty of room up front and, around central patio, five rooms as dark as caves. It was of great value for the catechism group and other classes. One sunny Saturday in the afternoon, two olive-green uniforms were waiting at the door. “Effective immediately,” they said, “this house, per the laws of the Revolution, now belongs to the State.” No documents were necessary, all that was required was to glue a little government stamp to the center of the door, which had been done. The guards were there to pleasantly threaten anyone who would dare to mess with the stamp.

Don Luciano ran everywhere to try to defend the rights of the Church. He found an old fox, named Sesin, who promised to resolve the problem after Christmas. He wanted to spend the holidays, he said, in Havana. Now this little love dog had a girlfriend in Camaguey who was his connection to inside information. Don Luciano learned, from the voice of Sesin’s “acquaintance,” that these matters could not be resolved so easily. Sesin was sent to one office, then another. First the case was with the Ministry of Housing, then with Justice. He repeatedly travelled to Havana and on one trip tried to see Fidel himself, but Fidel was conveniently unavailable.

The bottom line was that the house, fixed up through parishioners’ hard work, attracted too many youngsters who were being corrupted with bourgeois values. After a year and a half of no results, one fine day he once again found the house’s door open.

Don Luciano walked over to check it out: who could be there? In the middle of the high grass in the central courtyard was The Lioness with some noble women. “This building now belongs to the Ministry of Education,” she clarified.

Don Luciano rushed across the way to the police station and there he was told, “no Father, that cannot be the case until Havana rules. You might want to write out a complaint.” And write it out Don Luciano did, even though he was sure the letter would be lost in the depth of some forgettable inbox.

And from there Don Luciano set off to give the bell tower a good cleaning, some fresh paint, and continue with his subversive activities. Someone should write up new dictionary entries with these new meanings for the concepts of law, ownership, liberty, etc.

And with these thoughts we conclude the fourth part from Cuba, the first free territory in the Americas.

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Translator’s notes:

* The “New Man” is a utopian philosophical concept modified for communism. It is not a goal, but the beneficial product of the social conditions of pure communism.

† A reference to the French Revolution and its indiscriminate guillotine.

CAPITULO CINCO

Como Don Luciono aprendió a conocer paulativamente nuevos conceptos de lo igualdad y voluntariedad.

Ese era otro caballo de batalla de Marx: "La sociedad sin clases." De eso Don Luciano podía contar un montón de muestras. Se recordarán las dos clases de servicio militar: el normal y el U.M.A.P., aterrizando en este toda la chusma de la sociedad, y además, todos los retrasados mentales, calificando como tales a todos los que profesan alguna fé.

Sobre todo, llamaba la atención la igualdad en la vida económica del pueblo. Fidel un día se puso bravo y dijo: "Todavía un grupo de ciudadanos burgueses que le sacaban la plata del bolsillo al proletariado: los zapateros remendones, los vendedores de helados, los reparadores de radios y televisores, la pastelería en casas particulares, los carpinteros y mecánicos con taller en sus casas, etc. etc". Una semana después todos estos "negocios sucios" estaban puestos fuera de la Ley, Cada oficio fue convertido en una Empresa Consolidada del Estado.

Así en Camaguey hubo unas cuatro docenas de zapateros que fueron reunidos en un local: su "Consolidado. El que guardara herramientas de trabajo en su casa era culpable ante la Ley.

El Padre Theo tuvo una experiencia de la eficacia del sistema. Una vez llevó un par de zapatos para repararlos, y después de cinco meses ya estaban arreglados. "Sí, Padre, le dijo el hombre, en voz muy baja, reparar un par o diez pares de zapatos en un día lo pagan igual. Para que matarse trabajando?

Los fotógrafos, otra cosa chistosa. Don Luciano lo notaba en las bodas en la Iglesia. La Empresa Consolidada de Fotografía tenía relación de los fotógrafos y de las tareas por hacer, y así mandaba a cada uno, por turno, a tirar las fotos.

No obstante, la norma era distinta en algunos casos. Cada ama de casa cubana debe, normalmente, pasar unas cuantas horas haciendo colas: una hora para el pan, otra para un poquito de arroz, un par de horas para recibir un pedacito de carne (afortunadamente esto era dos veces por semana.) Pero, las señoras de los señores uniformados de alta categoría tenían sus propias tiendas sin hacer colas, y con la posibilidad de comprar muchas cosas de las cuales los demás cubanos solamente tienen viejos recuerdos, como: mantequilla, queso, etc. etc.

También en cuanto al transporte la igualdad era vistosa. Un viaje a La Habana era siempre una aventura, como le contaron a Don Luciano sus universitarios de primer año de medicina: Después de haber pasado todo un día en la Terminal de ómnibus esperando la salida de la guagua, al fin salieron, ya esto constituía un record de felicidad. Naturalmente, perdieron unas cuantas horas en el camino por llantas flojas y motores caprichosos, pero, en unas 20 horas se terminó el recorrido de los 600 kilómetros hasta La Habana: Ellos, muy esperanzados se dirigieron en seguida al edificio administrativo de la Facultad de Medicina.

"No, muchachos, miren. allá los albergues para ustedes están todavía ocupados por un par de semanas más. Después, los del segundo ano irán a hacer sus cuatro meses de trabajo productivo en el campo, y entonces podránustedes entrar. Tómense unos cuantos días más de vacaciones.

Ay Dios. Qué hacer? Los pobrecitos pasaron tres días y tres noches en la “lista de espera" hasta que finalmente pudieron regresar en ómnibus.

Los uniformados, sin embargo, siempre tienen asientos reservados en los ómnibus y los aviones. El colmo era cuando esos señores recorrían el país nada menos que en carro "Alfa Romeo" de lujo.

Y hablando de cuotas de tabacos, tocaban a dos al mes. Cómo se explica, pues, que cada vez que Fidel aparece en la pantalla de televisión lo haga siempre con un puro en la boca? Parece que esos son tabacos superfuertes que se consumen lentamente.....

En una oportunidad ocurrió algo muy serio. Un médico militar vivía en "Vista Hermosa"; un sector lindo de la Parroquia. El médico no sabía manejar lo suficiente para introducir el carro en su garage y por eso lo dejaba siempre-en la cálle. Un día, al doblar la esquina, arrolló un muchacho dañándole la parte inferior del cuerpo. Eso era Io más grave que podía ocurrirle a un ser masculino pues, según los latinos, el "machó" podía quizá vivir sin cabeza, pero sin sexo era mejor morirse. Todo el mundo estaba esperando la reacción, de la ley revolucionaria y se comentaba: este, el médico, a la cárcel por el resto de su vida.

Trasladaron al muchacho a La Habaña. El compañero Médico le regaló un radio para que se entretuviera y le prometió un televisor, peró luego se olvidó de ello. Y ese señor seguía tranquilamente en su alta función.

———

Einstein tenía razón, todo, incluso la igualdad, es un concepto relativo. Y también el concepto voluntario, siempre inventaban algo nuevo. Don Luciano recuerda todavía de los primeros años de su estancia en Camaguey. Después del duro trabajo del día, los obreros tenían, o mejor dicho podían todos los hombres pasar algunas horas agradables de noche marchando por las calles, arrastrándose de barriga, y otros chistes por él estilo para militares, pues el pueblo tenía que estar siempre listo para contestar a la agresividad de los imperialistas del norte. Todos los trabajadores pueden también aportar cada día un mínimo de cuatro horas de esfuerzo voluntario para la gloriosa revolución.

Cuando Fidel vino un día a Camagüey para su gran discurso del 26 de Julio, se llevó a cabo, desde muchas semanas antes una campaña en todos los centros de trabajo y en los colegios: Todo el mundo tenía que estar presente, voluntariamente, desde luego. Pero Don Luciano conocía que muchas ovejas muy vivas, maestras, ya conocían el truco. Iban a saludar amablemente a la Directora y después desaparecían en la masa, y de ésta a su casa. Allí tambien se podía disfrutar muy bien por radío o televisión de las moralejas de Fidel.

La juventud, además, tenía la oportunidad, desde el comienzo de la Secundaria de ir al trabajo productivo, y según la edad, pasaban dos. o cuatro meses en el campo, Don Luciano siempre pensó que esa era una idea maravillosa y siempre le apoyó firmemente, pero, detrás de la puerta del "voluntario" siempre se hallaba un bastoncito. Quien no iba, podía solamente hacer sus exámenes en la segunda sesión. Así que para ellos no había segunda oportunidad. Igualdad y voluntario, sobre todo para el magisterio, eran conceptos relativos.

———

Un día Don Luciano visitó a Don Julio, su mejor ayudante en la parroquia. La señora estaba llorando, y don Julio balanceándose silenciosamente en su sillón. Que pasa, preguntó. “Ay. padre, hoy me echaron mucho incienso, (un profesor modelo, excelente compañero, que hasta ayudaba, si era necesario, en la cocina), pero como soy católico activo y por tanto incapaz de dar una educación adecuada a la juventud actual, pues....fuera.

Fidel, hacía poco había dicho que "mejor un burro revolucionario a la cabeza de una empresa que un burgués genial." Botaron a muchos profesores en este período y la mayoría de ellos, entonces, escogieron el exilio.

Todos esos talentos, sin embargo, están ahora a la disposición del imperialismo. Pobre solución, pensó Don Luciano, pero ellos sabían mejor como son iluminados por el espíritu de Marx. Don Julio no podía salir para el extranjero a causa de sus hijos en edad de servicio militar, por lo que se puso a trabajar discretamente como chofer de taxi con un yiejo "Chevrolet" símbolo pálido de la época de decadencia burguesa. De hecho, para el que sabe de la historia roja, no es tan fácil hacer reflexionar a la gente como es debido.

Don Luciano recordaba una nota marginal en el libro voluminoso de G. Wetter un jesuita inteligente, (claro, una fuente sospechosa, pero sin embargo los propios marxistas aprecian el libro), en este libro se habla de una carta de Stalin a Churchill: "Esos campesinos no querían entender de ninguna forma las maravillas del agrocolectismo. He tenido que matar diez millones de ellos para que entren en la trampa." (Véase el materialismo dialéctico de G. Wetter.) Pero esos son casos excepcionales. En los países marxistas prácticamente nunca hay huelgas, el trabajador está contento y feliz, y ¡Ay! de quién no lo sienta así. Hace poco hubo en Polonia algunos problemitas, pero eso siempre termina con la clara visión de que habían de sentirse felices; y de eso es garante tanto el Partido como el ejército y la policía.

Después de todas estas experiencias, Don Luciano meditaba sobre la profecía de Marx: "El proletariado creciente por lo tanto más explotación, salarios más bajos, más horas de trabajos, y expuestos a la inseguridad según los caprichos del dueño, etc. etc." Pero, con la mejor voluntad del mundo, Don Luciano no logró comprender. Veía solamente una cosa: que esos abusos odiosos de la sociedad no se realizaban en este horrible mundo capitalista sino en el mundo comunista. Ay!, querido lector, si tu vez algo más claro en todo este problema déjalo saber a Don Luciano, él te lo agradecería mucho; a pesar de todos esos puntos oscuros, nunca en la vida querría ser capitalista. Él es un hombre de Fé.

Y así terminamos la quinta charlita sobre Cuba, primer territorio libre de América.

CHAPTER FIVE

How Don Luciano, little by little, learned to recognize new concepts of equality and volunteering.

Another of Marx’s hobbyhorses is “the classless society.” Of this one Don Luciano had a heap of examples. You may recall the two classes of military service: the usual one and U.M.A.P. military work camps where society’s riffraff landed alongside with the mentally retarded. Many persons of faith were classified as mentally retarded and sent to U.M.A.P camps.

Another significant example was the equality of the economic life of the population. Castro got angry one day and said, “there are still a group of bourgeois citizens that continue to pick the proletariat’s pockets: cobblers, ice cream vendors, radio and TV repairers, pastry makers baking from at home, carpenters and mechanics with shops at home, etc. etc.” A week later all of those “dirty businesses” were declared against the law and all formerly self-employed occupations were converted to jobs at the “Consolidated” state companies.

In Camaguey some 50 cobblers where united in one building, their Consolidated. Keeping tools at home was punishable by law.

Father Theo had a personal experience with the effectiveness of the new system. One time he took a pair of shoes for repair and five months later they were ready. “You see, Father,” said the man, lowering his voice, “fixing one pair or ten pairs of shoes a day pays the same, so why should we kill ourselves working?”

Photographers were another joke. Don Luciano noticed it at church weddings. The Consolidated Photographers Company was in charge of photographers and their work, and sent them, in turn, to take photographs.

This was not the only change towards equality, things were different in other matters. Every housekeeper would have to, under normal circumstances, spend a few hours in line: an hour waiting to buy bread, another line for a few cups of rice, two hours to obtain a little piece of meat (fortunately for them, meat was only available twice a week). But the men and women of high rank in the uniformed services had their own stores where there were no lines and with access to goods that to the rest of the Cubans were only memories: butter, cheese, etc. etc.

With regards to transportation, equality was colorful. A trip to Havana was always an adventure, like the one that first year medical students recounted to Don Luciano. After spending the day at the bus terminal waiting, the bus finally boarded and left, and that in itself was reason for rejoicing. Naturally, they lost more hours due to loose wheels and temperamental engines and 20 hours later they completed their 375 mile journey. The students, full of hope, quickly made their way to the administration office af the School of Medicine.

“Sorry boys, your assigned lodgings are still occupied for a few weeks more. Then the second-year students will go off to do their productive semester in the countryside cutting sugarcane and you can take their place. So take some more vacation and come back then.”

Oh God! What to do? They spent three days and three nights at the bus station on “the waiting list” before they could return to Camaguey to enjoy their vacation.

Those in uniform, however, always had reserved seats on buses, trains and airplanes. The height of equality was reached when these fine gentlemen ran around the island in Alfa Romeo luxury cars.

And speaking of cigar rations, it was two a month. So how do you explain how every time Castro appears on television he always has a Puro in his mouth? The assumption was that they were super-potent cigars that burn very slowly. . . .

Then there was this sober opportunity. A military doctor lived in Belleview, a real pretty section of the parish. The doctor was not a good driver and had trouble getting his car in and out of his garage and therefore always parked on the street. One day, he turned a corner and ran over a boy, damaging his private parts. This was the worst thing that could happen to a man. According to Latino machismo, a male could possibly live without his head, but without sex, death was preferable. Everyone was waiting to see the reaction of revolutionary law in this case, saying that the minimum sentence should be life in prison.

The boy was transferred to Havana for treatment. Comrade the doctor gave the boy a radio so he could entertain himself in his recuperation and promised him a television set, but quickly forgot about him. And comrade the doctor calmly continued his important work.

———

Einstein was right: everything, including equality, is relative. Including the concept of voluntarism, which the government was constantly redefining. Don Luciano still remembers this from the first years of his posting in Camaguey: After a hard day of work, workers were required—or better said, volunteered—to spend a few pleasant hours in the evening marching up and down the street, dragging themselves on their stomachs, and other fun military exercises. You see, the populace had to be ready to respond to any aggressiveness on the part of the northern imperialists. All workers were expected to contribute a minimum of four hours a day in volunteer effort on behalf of the glorious revolution.

When Castro came to Camaguey for his big “26th of July Movement” speech, for many weeks prior anticipatory campaigns were carried out at all workplaces and schools. Everyone had to be present for the speech, voluntarily, of course. But Don Luciano knew that cleverest members of his flock, teachers, already knew the drill. They arrived and pleasantly greeted their Director, and shortly thereafter, en masse, they would leave for their homes. From the comfort of their homes they could enjoy Fidel’s lessons by radio or television.

To add to their joy, young people had the opportunity, from secondary school on, to volunteer for “productive labor.” They would be sent to camps in the country for two or four months, depending on their age, to help with the harvest. Do Luciano always supported this marvelous idea, but at the door marked “volunteers only” was someone wielding a little stick. There was no opportunity to say no. Equality and volunteering, both relative concepts.

———

One day Don Luciano went to visit Don Juliano, his best lay assistant at the parish. He was model teacher and an excellent friend, to the point of helping out in the kitchen when necessary. Don Luciano found his wife crying and Don Julio rocking himself in his chair.

“Oh, Father!” he exclaimed, “they’ve blown much incense my way in the past, but since I’m an active Catholic, I am deemed incapable of educating today’s youth. So, I’m out!”

Castro recently said that “better for a stupid donkey to head an enterprise than a brilliant bourgeois.” They threw out many teachers and professors after this pronouncement and the majority of them exiled themselves to other countries.

All of this talent, nevertheless, is now at in the employ of the imperialists. A poor solution, thought Don Luciano, but the government knew better after being illuminated by Marx’s spirit. Don Julio knew he could not get permission for his family to leave because of children of military age, so he discretely started driving a “taxi” with his old Chevrolet, a pale symbol from the decadent bourgeois age. In fact, for those that study communist history, it’s not easy to consider the individual like it should.

Don Luciano recalled a note on the margin of a page in a thick book by the Jesuit intellectual Wetter (obviously a suspicious source but real Marxists also value the book). It spoke of a letter from Soviet leader Stalin to British prime minister Churchill, “Those peasants don’t understand agrarian collectivism in any form. I’ve had to kill ten million of them so they will go along with it.” (Refer to the book Dialectical Materialism by Gustav A. Wetter). But then those were exceptional times. In Marxist countries there are practically no strikes, the worker is happy and content, and heaven help the ones that don’t feel that way. Recently in Poland there were a few little problems, but they always concluded with a clear vision that they should feel happy, and that happiness was guaranteed not just by the Party, but by the military and the police.

Looking back at all these experiences, Don Luciano would ponder Marx’s prophesy: “The proletariat experiences more and more exploitation, low salaries, more required hours, and is exposed to the insecurity of the enterprise owner’s whims,” etc. etc. But even with all the will of the world, Don Luciano could not understand. He saw only one thing: Hateful abuses of society did not solely occur in the horrible capitalist world, but also in the communist one. Oh, dear reader!, if you discover any clarity to this problem please let Don Luciano know. He will very grateful to you. Despite all these obscure points, he never wanted to be a capitalist. He is a man of Faith.

And with this we finish this fifth chat about Cuba, the first free territory in the Americas.

CAPITULO SEXTO

Como Don Luciano experimentó lo verdad del Evangelio: “Mira, que les mando como ovejas entre lobos”.

Cuando Don Luciano un día iba del Convento a la Parroquia, encontró en la Avenida de la Libertad un grupo de jóvenes galopando. Todos medían casi dos metros de alto, muy robustos, seguramente se trataba de una rama desviada de la súper raza aria. Y eso también dió alguna materia de reflexión más sobre la igualdad. Era un grupo de voleibolistas, bien seleccionados alimentados con dieta perfecta; carne, leche por la libre. Por qué el resto de la juventud no tenía derecho ni a una gota de leche al día? Por qué la mayoría de los jóvenes tenían que ir al colegio por la mañana con nada más que un vaso de agua con azúcar? Misterio.... .

Estos súper-deportistas vivían ahora en una de las casas más aristocráticas de la Avenida. Pero, no te des dolores de cabeza con eso, pensó Don Luciano, y cinco minutos; después pasó por otra Avenida de la Victoria, y allí, caramba, los misterios se amontonaron. Allí había un barrio muy decente, pero como la vida en Cuba era tan paradisíaca, todas esas familias se fueron a merecer la salvación en países más duros.

Entonces, ahora esa No, Señor. Allí vivían ahora los grandes militares. El proletariado se quedó feliz animado en sus palacios de madera y paja.

Don Luciano trató de rechazar todos esos malos pensamientos y llegó a su querida Iglesia, el breviario en la mano, y pasó de la sacristía al templo. Y había dos almas devotas. De repente descubrió a Matilde, un alma de Dios piadosa, buena, que cada dos meses, más o menos, venía del lejano campo a la ciudad y cada vez aprovechaba para volver su alma al estado virginal. Don Luciano saludó al Señor desde el primer banco, y enseguida apareció otra cara conocida.

“Padre, por favor una ayudita,” y mostrando una receta médica prehistórica, añadió: “no puedo pagarla.”

Don Luciano sabía de la debilidad de Bértha, eso ya se notaba en la punta roja de su nariz.

—No, dijo con voz firme Don Luciano, aunque ella siguió lamentándose, pero él quedó inexorable, siempre había predicado que se debía ser si, si, y si debía ser no, no. Eso lo dijo el Señor y por lo tanto también cada buen flamenco, pero ella no se daba por vencida. Se arrodilló en el segundo banco, a espaldas de Don Luciano, y rezaba en voz baja:

"Señor, tu sabes que buen corazón tiene el Padrecito." El corazón de este se enterneció, pero, no, era no.

Entonces el Espíritu Santo lo empujó hacia el Confesionario y escuchó pacientemente las lamentaciones de Matilde: “Que ya no podía criar ni un lechoncito, ni una gallinita, ni nada para consumo propio; que el maestro enseñó a los niños cosas blasfematorias pero que, felizmente estaba más días ausente que presente; que había deseado hasta la muerte de Fidel,” etc. etc.

“No eso no es muy cristiano,” dijo Don Luciano. “Yo rezo cada día porque el Señor le de pronto el gozo de la felicidad celestial, así es el mismo efecto pero más cristiano. Bien, como penitencia darás a la pobrecita, allá delante, una buena limosna.”

No fue una solución maravillosa de los problemas? Todo el mundo quedó feliz, sin embargo, después de la misa apareció el mismo diablo, apenas disfrazado: una señora, bien pintadita que, seguramente, cuando joven no había sido fea. Don Luciano invocó a San Antonio, a San Gerónimo y a la Virgen Inmaculada.

Era ella misma, doña X, casada con un hombre de ciencia, del cual circulaban muchos chismes raros. Pero, más grave era que doña X ya había enloquecido a un pobre Padre el que tuvo que pasar bastante tiempo en el Instituto Siquiátrico de La Habana.

“Padre, esto es horrible, ayúdeme, sálveme de sus garras.” Don Luciano no preguntó de quién eran las garras y esquivó hábilmente el escollo: "que cada uno tiene que cargar con su cruz en la vida."

Por suerte, la pecadora tenía un salvavidas: la poesía. Ajá, que bien, dijo Don Luciano alegremente, ya que este tema parecía inocente.

“Me permite leerle algo de mi obra. Padre?"

“Como no, adelante,” dijo él, con la esperanza de que no iba a tornarse de nuevo en una declaración larvada de amor. (Eso había sido el caso con una vieja solterona, amargada, de la Parroquia. Comenzó con unas invitaciones amables, pero, como Don Luciano aplicaba implacablemente el método: “Roca helada.” Se terminó la novela con una carta rabiosa encabezada: “Mi querido oso polar”).

Don Luciano no escuchó mucho a los gemidos de la poetisa, sino reflexionó en sus intenciones. Oh., que gracioso dijo. Sus pestañas bien engrasadas temblaban, sus ojos se mojaban, está visiblemente emocionada de su propio producto.

“Lo siento mucho, señora, pero tengo que hacer?”

“Padre, reza por mí. La próxima vez voy a venir con mi esposo.”

A la hora del almuerzo hubo comentarios sabrosos sobre el caso pues todo el clero de la ciudad conocía a la Señora sospechosa.

Por casualidad había llegado el P. José. Había avisado al señor Obispo que los verde olivo habían confiscado otra vez la Capilla; que hubo un tremendo lío con un muchacho de 13 años, que había venido a misa por primera vez y, al otro día él y su papá fueron llamados por el Director y después los enviaron al Partido local.

"Que eso no podía pasar más. Que ellos solos iban a educar la juventud.” Además, había notado últimamente un fenómeno extraño; Varios miembros de la Juventud Comunista se interesaban, intensamente, de sus catequistas. No tenía nada en contra del amor.

Pero, eso tenía un olorcito sospechoso; parecía ser una nueva táctica a nivel provincial, o quizás nacional: la estrategia del amor. Eso no era muy ortodoxo, pensó Don Luciano, era totalmente opuesto a la lucha de clases, pero, por otra parte, cuadraba con el principio básico: "Todo lo que ayuda al progreso del marxismo y a combatir el opio del pueblo, es moralmente bueno."

El P. Theo también añadió algunas cosas: A uno de los jóvenes que había regresado al rebaño, sus compañeros de antes le habían hecho alusiones a que tres años de servicio militar ayudaba mucho a la formación.

Otro de sus jóvenes, que ya había ingresado en ese Instituto tan útil, contó qué allá se le explicaba que la Iglesia no era el lugar más apto para formar hombres revolucionarios y por lo tanto... -.

———

Era una tarde tranquila, calurosa, Don Luciano estaba adormilado. "Buenas tardes, Padre."

Hela allá, ella con él. Don Luciano los guió hacia un banco, lateral de la Iglesia para evitar oidos indiscretos. Ella se sentó a su izquierda y el a su derecha.

"Sí, Padre, mi esposo no oye muy bien, tiene que usar un aparato auditivo:"

Entonces empezó una conversación acrimoniosa. Don Luciano invocó a todos los Santos. Cada vez qué el contestaba algo, el hombre arreglaba algo debajo de su saco y dijo que era para poner en marcha su aparatico. Don Luciano comenzó a transpirar un poquito, pero, mantenía la conversación a un nivel espiritual alto. Era algo como para el sexto piso del castillo espiritual de Santa Teresa.

Hubo largos silencios en esta ya larga conversación. Si eso era el olor de santidad, Don Luciano no sabía, pero, de todas maneras ella tenía todavía perfumes exquisitos de antes de la revolución. Gracias a Dios la buena Ana abrió la puerta de la Sacristía:

"Padre, para un enfermo, urgente."

"Si, Padre, ya regresaremos otro día, tengo una nueva colección de poesías." Ah. que bien. Pudo escaparse otra vez;

En cuanto al enfermo, era también un caso extraordinario. La cosa era en Versalles, otro barrio de Barro de la Parroquia. Don Luciano trató de barloventear a través de los huecos y hoyos de la calle fangosa. La vista fue la siguiente: algunas gallinas y patos y hasta puerquitos salieron corriendo de una casa.

Apareció una mujer de unos 45 años. “Si, Padre, ya es el buen momento, está sin conocimiento.”

Don Luciano encontró eso maravilloso, pues así podía tener el Sacramento toda su fuerza: Ex opere operato. El pobrecito tendría 80 o 90 años, nadie lo sabía exactamente, y estaba sepultado bajo un montón de trapos sucios.

"No está muy bien.

Y, la familia?

Están bien. Padre,"

—Cuántos hijos?

“Padre, que yo sepa 36 por lo menos, muchas mujeres. Padre; yo soy la última de su colección.”

Así que era la esposa y no la hija como pensó Don Luciano. Ya había pensado a menudo en los problemas que encontraría un aficionado a los árboles genealógicos en casos como éste. Adelante, pues, con la absolución. El hombre hizo lo posible de todas maneras, para llenar uno de los asientos desocupados en el Cielo.

———

El fantasma, doña X, apareció solamente una vez más, al término de su carrera cubana. Era un sábado por la noche. Don Luciano estaba muy ocupado con la reunión de jóvenes en el campanario y abajo estaban los adultos en reunión.

"Padre, es una señora muy elegante."

Ay. Señor, allí está. Lo siento mucho, señora, pero el sábado por la noche estoy, como usted ve, muy ocupado.

"Si, Padre, solo quería entregarle un sobrecito."

“Gracias, señora, a Dios.” Don Luciano pensaba: se terminó la historia, pero no, había en el sobre un billete de 20 pesos, por lo que subió saltando al campanario.

¡Alto!, exclamó, basta ya de Teilhard y de Marx. Gran lotería: 20 pesos. El ganador tiene que dedicar la mitad, mañana, a comprar helados para todos, allá en la esquina, si quedan todavía. OK.

Onidio ganó. “Hombres, aparte del helado tienes que rezar un Padre nuestro y un Ave María por un alma en apuros.”

“Un alma roja, Padre?”

“No importa chico, todo eso es relativo. No sabes que Fidel, al principio, dijo: ‘que la revolución era tan verde como las palmas?,’ y eso se convirtió después, en verde como el melón por fuera, pero rojo por dentro. Quizá esta alma es roja por fuera y verde por dentro.

“Está bien, Padre, pero, es joven o vieja?”

"Eso no hace ninguna diferencia para el alma, mi hijo.” Don Luciano evitaba seguir la conversación pues este joven tenía un corazón débil por el sexo débil y podría intentar conquistar algo más que el alma de la pobre oveja.

———

Don Luciano puso su carrito en el garaje y fue a escudriñar el contenido del refrigerador, pero, este brillaba lleno de agua pura, por lo que se retiró a su cuarto. Cuando cerró su puerta, veía, por la ventana del convento, a la vieja viuda inspeccionando su sector desde su balconcito.

Ella había sido obligada por su pobreza, a aceptar este puestecito del C.D.R. (Comité de Defensa de la Revolución.) Y de hecho el sitio, estretégicamente hablando, era maravilloso. Ella podía ver hasta el comedor de los Padres, hasta los platos, y aún los cuartos si quedaba abierta la puerta.

“Buenas noches.” gritó Don Luciano, pues era una buena señora y no tan peligrosa como Doña X.

Y termina la sexta parte desde Cuba, primer territorio libre de América.

CHAPTER sIX

How Don Luciano lived the truth of the Gospel: “Behold, I send you forth as lambs among wolves.”

One day Don Luciano was on his way from the convent to his parish church on Liberty Avenue when he came upon a group of young men running at a gallop. All of them were more than six feet tall, very fit, and surely from a misplaced branch of the Arian race. This was another matter for reflection with regards to equality. Here was a group of volleyball players, carefully chosen and fed a perfect diet with meat and unlimited milk. Why did the rest of Cuban youth have no right to even one drop of milk a day? Why did the majority of students have to go to school with no more than a glass of sugar water for breakfast? A mystery . . .

These super-athletes were living in one of the most aristocratic houses on the avenue. Let’s not get a headache over this, thought Don Luciano, and fifteen minutes later he was on the other avenue, Victory Avenue, and there —good gracious!—the mystery deepened. It was a very nice neighborhood, but since life in Cuba was like paradise on earth, how was it that all of its families had left looking for salvation in less convivial countries?

So now were these houses were inhabited by the proletariat? No, sir. Here now lived the military brass. The proletariat continued happy and cheerful in their palaces of sticks and straw.

Don Luciano tried to put aside his thoughts as he arrived at his beloved church, breviary in hand, and walked from the sacristy to the sanctuary. There were two devoted souls. One was a surprise: Matilde, a pious daughter of God, a good soul who got to town from the distant countryside every other month, give or take, and always took time to renew her soul. Don Luciano greeted her from the first pew, and then he saw another face he knew.

“Father, please, a tiny favor.” She showed him a prehistoric prescription, adding, “I can’t pay for it.”

Don Luciano knew of Betha’s infirmity. Her nose was already turning red.

“No,” he said with a firm voice, even as she continued begging. He was unrelenting, and had always preached that yes should always be yes and no, no. Thus said the Lord and therefore all good Flemings. But she would not give up. She knelt in the second pew, her back to Don Luciano, and prayed in a quiet voice:

“Lord, you know that the little Father has a good heart,” she whispered. His heart softened, but no was no.

Then the Holy Spirit pushed him into the confessional where he patiently heard Matilde’s lamentations. “That I can no longer raise not even one little pig, nor one little hen, not anything for my own consumption.” “That the teacher is teaching the children blasphemy, but at least teacher is absent more often than present.” “That I had wished for Castro’s death.”

“No, that is not very Christian,” replied Don Luciano. “I myself pray that the Lord quickly give him eternal life. It has the same effect but is more Christian.” “Very well; for your penance, please give that poor soul over there a few coins.”

Wasn’t that a marvelous solution? Everyone was happy. Nevertheless, after Mass the same devil appeared in a different disguise: a lady, very nicely made up, who when she was young had been pretty. Don Luciano invoked Saint Antonio, Saint Geronimo, and the Immaculate Virgin Mary.

She was Doña X, the wife of a man of science of which circulated a bit of odd gossip. But more of a problem was that Doña X had already driven insane a poor priest that spent a long time at the Psychiatric Institute in Havana.

“Father, it’s horrible! Please save me from his claws!” Don Luciano did not ask whose claws they were and skillfully and carefully avoided the rocky shoals.

“Everyone has a cross to bear in life.”

Luckily the sinner had a lifejacket: poetry. “Aha, very good,” said Don Luciano brightly. This appeared innocent enough.

“Will you permit me to read you something from my work, Father?”

“Of course. Please proceed,” he replied, hoping that it would not turn into a hidden declaration of love. (He was thinking of a bitter old maid in the parish. That case started with pleasant invitations to dinner, but since Don Luciano implacably and repeatedly applied the “frozen rock” method, this novella ended with a rabid letter that began with “My Dear Polar Bear.”)

Don Luciano did not listen to the words of the forced laments from the poet, but instead pondered her intentions. “Very nice,” he said. Her heavily painted eye lashes trembled. She was visibly moved by her own words.

“Pardon me, ma’am, but what how would you like me to respond?”

“Father, pray for me. I’ll bring my husband next time.”

Among the clerics present later at lunch there was delicious commentary regarding this case as everyone had had dealings with Doña X.

By coincidence Father José was in town. The bishop had announced that the olive-green uniforms had again confiscated his chapel by the beach. There had been a tremendous problem with a 13 year old boy who had come to Mass for the first time. The next day the boy and his father were called to the principal’s office and from there to the local Communist Party office.

“ ‘This cannot continue.’ They and only they could educate the Cuban youth.” Further, notice had been taken that recently an odd thing had been happening. A number of Communist Youth League members were intensely interested in their Catechists. It’s not that they had anything against love, but . . .

This had a bit of a suspicious smell to it. It appeared to be a new tactic at the provincial level, or even at the national: The tactic of love.

Not very orthodox, thought Don Luciano. They should have been totally against causing friction between the proletariat. But on the other hand, it squared with the basic maxim: Everything that helps Marxist progress and fights the opiate of the people is morally good.”

Father Theo added more: One of the boys that had returned to the fold had been previously told by his mates that three years of military service would fix him right up. Another boy in his flock that had started at the Military Institute reported that he was told point-blank that the church was not the most apt place to mold revolutionary men, therefore . . .

———

It was a tranquil and hot afternoon and Don Luciano feeling sleepy, when he heard a “Good afternoon Father.”

It was her. She with him. Don Luciano guided them to a pew on the lateral nave of the church away from indiscrete ears. She sat on his left and he on his right.

“Father, my husband does not hear well. He has to use an auditory device.”

With that an acrimonious conversation began. Don Luciano invoked all the saints. As he was responding the man kept fiddling with something under his coat, saying that he had to start his device. Don Luciano started to perspire a bit, but worked to maintain the conversation at a high spiritual level. Something up there in the sixth floor of Saint Teresa’s spiritual castle.

There were long silences in the conversation. If this the smell of sanctity, Don Luciano did not recognize it. All he could smell was all types of exquisite perfumes from before the revolution that she was wearing. Luckily the good Ana stepped out of the sacristy to interrupt.

“Father, an ill parishioner. Urgent.”

“Yes, of course, Father. We’ll come back another day. I have a new collection of poetry.” Ah! How good. I was able to escape one more time.

As to the sick parishioner, another case out of the ordinary. He was in Versailles, another neighborhood in the parish. Don Luciano tried to navigate around the potholes and rough patches of the muddy street. The view: a few chickens and ducks and even little piglets ran out of a house.

A woman of around 45 years appeared in the doorway. “Yes, Father, this is a good time. He is unconscious.”

Don Luciano found this state of affairs perfect because the sacrament could work at full strength: Ex opere operato. The poor man was 80 to 90 years old—nobody knew exactly—and was entombed underneath a pile of dirty rags.

“He’s not very well.”

“And the family?”

“They’re fine, Father.”

“How many children?”

“Father, that I’m aware of, 36, more or less. More girls than boys. Father, I’m the last in his collection.”

This meant that she was the wife, not the daughter, as Don Luciano originally assumed. He thought about the problem a genealogist would have trying to come up with the family tree for this man. The man did all he could to fill empty seats in heaven. Onward, then, with the absolution.

———

The shadowy Doña X appeared only one more time, towards the end of his Cuban career. It was a Saturday evening. Don Luciano was quite occupied with a youth meeting in the bell tower while the adults were downstairs at their meeting.

“Father, there is an elegant woman asking for you.”

Oh Lord!, it’s her! “I am so sorry, ma’am, but Saturday evening is not a good time.”

“I understand, Father. I just wanted to hand you this little envelope.”

“Thank you, ma’am. Good night.” Don Luciano thought this was the end of the story. But no, the envelope contained a 20 peso bill! He ran back up the bell tower stairs, two steps at a time.

Stop! Enough of both Teilhard* and Marx. This was the grand lottery jackpot: 20 pesos. The winner must dedicate half of it tomorrow to ice cream for everyone, over at the ice cream parlor on the corner, if they have any. Okay?

“Men, in addition to ice cream tomorrow, you need to pray an Our Father and a Hail Mary for a soul in need.”

“A red soul, Father?”

“It does not matter, son. It’s all relative. Remember that Castro said early on that ‘the revolution is as green as the palm fronds,’ and it changed later. Like a melon: green on the outside and red inside. Perhaps this troubled soul is red on the outside and green inside.”

“Okay, Father. But, is it old or young?”

“It makes no difference for a soul, son.” Don Luciano did not like the way this conversation was going, as this young man had a soft heart for a soul of the weaker sex, and was considering conquering something more than the soul of that poor lamb.

———

Don Luciano parked his little car in the garage and went to scrutinize the refrigerator. It shone bright in the waning light, holding pure water, and that is what he brought back to his room. When he closed his door he saw the old widow inspecting her sector from her little balcony.

She had been forced by her poverty to accept the little post of sector captain of the C.D.R., the Committee for the Defense of the Revolution. Her perch, strategically speaking, was perfect. She could see into the priests’ dining room, even to the food on the plates they were eating. She could see into many other rooms if the doors were open.

“Good evening,” shouted Don Luciano. She was a good person and certainly not as dangerous as Doña X.

And with this the sixth part comes to an end from Cuba, the first free territory in the Americas.

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Translator’s notes:

* Teilhard refers to Pierre Telhard de Chardin (1881–1955) a French idealist and Jesuit priest who had a rocky relationship with his Church. His writings influenced the New Age movement of the 1970s, when this book was written.

CAPITULO SÉPTIMO

Como Don Luciano sigue meditando sobre las Bienaventuranzas de sus años cubanos.

Sí, tenía que terminar mal el grupo magnífico de jóvenes en la Parroquia. Eso ya era un pecado rojo, contra el espíritu de Marx, y para esta especie de pecados no hay perdón.

Además, la popularidad ya señalaba a Don Luciano candidato a Alcalde para la época postrevolucionaria, y por otra parte, los sentimientos lustrados de “La Leona” que tenía mucha palanca en las altas esferas del Partido.

Pero, todo eso, no obstante, quedaba flotando en el aire, aunque amenazadoramente. Fue, algo más claro y preciso lo que determinó el éxodo voluntario de Don Luciano y sus compañeros. Primero, algunas líneas de historia eclesiástica.

El hombre fuerte de la Iglesia en Cuba, ya desde antes de Fidel, era el gigante de Santiago de Cuba: Monseñor Pérez Serantes. Cuando la gente de Batista estaba a punto de agarrar a Fidel en la Sierra Maestra, intervino el obispo y le salvó la vida. (Dicen que el Obispo murió con reuma grave en el brazo derecho de golpearse el pecho durante años, diciendo: por mi culpa, por mi grandísima culpa.)

Quien pudo sospechar eso? Esos diablos bajaron de la Sierra con rosarios colgados al cuello y grandes medallas de la Virgencita del Cobre. Monseñor Pérez Serantes en una Carta pastoral cantó las alabanzas de Fidel el nuevo Salvador. Después, cuando, el lado interior rojo del melón se manifestó, cantó, con igual orquestación sonora, los peligros de las maniobras de sabor izquierdista camouflajeadas.

Pero, los verde olivos ya habían aprendido los trucos clásicos de cómo hacer para que un obispo adopte una actitud prudente. La Iglesia guardó silencio durante años, entregada como una oveja indefensa, a los caprichos del régimen verdugo.

Al comienzo del año 1969 se volvió a oir por primera vez su voz. Dijo que había llegado la hora de colaborar, con todas sus fuerzas, a la construcción de la nueva sociedad, para salir del subdesarrollo. Además, la culpa de toda la miseria la tenían los yanquis con su bloqueo. Eso, claro, se dijo con palabras muy elevadas, pero eso era lo que el cristiano medio captaba. Y eso cayó muy mal.

La mayoría de los Sacerdotes, que recibieron el documento la noche anterior al día de la proclamación, no dijeron ni una palabra ese domingo. De todos modos, la gente se enteró del asunto y se puso rabiosa. Habían olvidado los Seis Obispos que un Montón de Hombres estaban presos por 30 años por defender la posición de la Iglesia? El Arzobispo de Santiago no había dado la voz de alarma cuando la revolución se rebeló roja? Habían olvidado cuantos cristianos fueron discriminados y condenados al hambre por su fe? Olvidaron lo que ellos mismo, hasta hace poco, confirmaron secretamente que el desastre económico se debía más que nada a las estupideces cometidas dentro del país?

(En cuanto al bloqueo; si Fidel tenía plata podía comprar todos los productos del mercado capitalista a través de sus excelentes relaciones comerciales con Canadá, Inglaterra, Francia y España.)

Si por lo menos, hubieran tenido el valor de decir algo sobre las torturas a los presos políticos; del trato inhumano a los que "libremente" podían salir del país, de la explotación vergonzosa de la clase obrera, para no mencionar los derechos de la Iglesia postrada.

Pero, no señor, eso, no lo aceptaron ni los fieles, ni los sacerdotes de vanguardia. Para ser breve, a raiz de este documento Don Luciano y sus compañeros tomaron la decisión de poner término a sus tres años en Cuba.

Enero 16 de 1970. Don Luciano veía desde la ventanilla del avión, rumbo a México, como la Capital de Cuba se desvanecía en la niebla. A veces, las lágrimas querían saltar de sus pestañas, pero, no, se sentía muy agradecido por esos lindos años duros pasados en Camagüey. Al principio no había sido fácil. Llegó allá con una serie de ideas que, para los cubanos, desde años apartados de lo que pasaba en el mundo y en la Iglesia fuera de Cuba, parecían sospechosas y a veces de color rojo.

A eso después se acostumbraron, sobre todo, él iba visitando amablemente en su casa a todos, uno por uno, y también a los verde olivos. Había dedicado horas y dias a escuchar con profunda compasión tanto sufrimiento escondido. Que se puede hacer en un país rojo, donde se le excluye a uno de la vida normal por su fe?

Al principio les había dicho a cada rato las cuatro verdades". Era eso comunidad cristiana? No sabían siquiera el nombre de sus hermanos. Quién había ido a visitar a Anita, que desde meses atrás estaba enferma? Hoy, escucha bien, nadie se va de la Iglesia sin conocer a uno más de estos que llamamos hermanos, caramba. Y así, de otras verdades sencillas acertadas.

Y después de un par de años, en verdad la Misa dominical se convirtió en una fiesta familiar. Si, pensaba entonces, el celibato causa momentos duros, pero, cuando los domingos veía a su numerosa prole, sentada allí, con ojos que brillaban de esperanza, se sentía el hombre más feliz del mundo. No sabía si Freud hablaría de frustración o de sublimación o cualquier otra definición, pero de una cosa, si, estaba seguro: De ser feliz.

De cada una de sus ovejas conocía la historia. Allí estaba Esperanza, siempre en el primer banco, que había perdido su hijo sacerdote en un accidente de automóvil, y cuando conoció la noticia, daba gracias a Dios por su vida tan linda; allá estaba Ana, alma fiel, que durante años había aguantado sus malos humores y que sin uniforme se había hecho monjita; allá Isabel, esperando a su novio desde años le habían condenado a 30 años; allá, Ignacio, uno de sus universitarios que los domingos, en La Habana, buscaba una Iglesia perdida en que recuperar fuerzas;

Allá Don Julio, botado de su trabajo porque ayudaba en todo a su párroco: a dar cursillos a los novios, distribuir la comunión los días de fiestas, su viejo carro siempre a su disposición, cuando había que transportar un enfermo, (sin embargo, un momento crítico pasó cuando tuvo que defenderse de una beata que quería confesarse con él.) Y a su lado, su digna esposa, “La Divina Pastora” como Don Luciano la llamaba.

Allá Teresita, esa linda flor jovencita, por la cual había luchado Don Luciano contra su madre, por su derecho elemental a enamorarse del muchacho de su corazón. Allá Juanita que había perdido su primer bebito, aunque Don Luciano le había llevado cada día una botella de leche, de contrabando, para que tuviera un niño fuerte y sano.

Así los conoció a todos y les quería tanto! Y ellos a él. Qué rápido recorría la parroquia la señal de alarma cuando vieron a su Pastor en la Jefatura de Policía, (eso era mayormente para pagar multas por correr demasiado en la ciudad.) Cómo habían rezado cuando supieron que su Pastor tendría que comparecer ante el tribunal popular. Cuantas cosas habían negado a su estómago hambriento, para llevarle, durante el mes de reclusión domiciliaria, un pedazo de torta, etc. Juntos habían descubierto, poco a poco, que bonito era ser cristianos, cuan felices podían vivir en una fe pura, sin necesidad de procesiones o hermandades.

Todos habían hecho la profunda experiencia de que uno, finalmente, no arriesga la vida por algo, sino por Alguien.

La Última Misa: la Iglesia retumbaba. En la noche, la última fiesta de la Juventud, con esfuerzo supremo logró que bailasen. Es el momento, se dijo, y empezó a despedirse, el disco de la victrola paró, Señor, que duro fue eso

La última noche en La Habana: todos sus universitarios vinieron a despedirse. Muy de noche todavía llegaron dos: "Padre, todavía no hemos comido nada,” miró allá al otro lado “El Monseñor,” solo para altos huéspedes.

Vengan, vamos a ver.

Inteligente, una de las niñas habló con el portero y le dijo: “Mire, nuestro compañero ha trabajado seis años en Cuba, quisiera comer algo.”

Se fue a ver al Camarero Jefe y volvió con cara radiante: "Claro, para compañeros revolucionarios siempre hay una mesa libre."

Ellos comían como lobos hambrientos, Don Luciano corría con el gasto.

El sueño no vino en esta última noche. Al P. Theo sí, él podía dormirse, de pie, era una especie de carisma de él. Pero Don Luciano y el P. José fueron a caminar por el Malecón, a la suave luz de la luna. No hablaban mucho, se entendían sin palabras. Solamente de vez en cuando hacían un chiste flamenco para ahogar su dolor.

"Si, chico, fueron lindos años,"

"Caramba., lindos años."

Don Luciano despertó de su meditación cuando, al otro día, estaban él y el Padre José en el avión para México. El P. José compartió su último cigarro con Don Luciano.

“Dentro de breves momentos aterrizaremos en el aeropuerto de México. Se ruega a los señores pasajeros enderezar su sillón y no fumar más, gracias.”

Los dos apagaron el pucho del último cigarro cubano en el cenicero. Éso fue como poner un punto final a su sueño Cubano. Pero, no, ellos sabían que Cuba seguía viviendo en su corazón, y en una silenciosa oración.

Y si, era el fin de la séptima parte ya fuera de Cuba, primer territorio libre de América.

CHAPTER SEVEN

How Don Luciano continued pondering the blessedness of his years in Cuba.

Yes, things had to finish poorly for the magnificent group of boys and girls of the parish. They were a red sin, a sin against the spirit of Marx, and for that type of sin there is no forgiveness.

Furthermore, the popularity of youth activities at the parish practically designated Don Luciano as candidate for city Mayor in the post-revolutionary era, and on the other hand there were The Lioness’ amply illustrated feelings on the matter. She had a lot of leverage in the high corridors of the Communist Party.

But all this, however, had not yet jelled, it was just a disembodied threat in the distance. It was something much more distinct and definite that determined the voluntary exodus of Don Luciano and his comrades. First, some ecclesiastic history.

The strongman of the Church in Cuba, from before and after Castro, was the giant from Santiago De Cuba, the Right Reverend Doctor Enrique Perez Serantes, the Archbishop. When Batista’s* troops were about to grab Castro in the Sierra Madre mountains, the archbishop intervened and saved his life. (It is said that the archbishop died of rheumatism of his right arm from striking his chest repeatedly for years while saying, “through my fault, through my most grievous fault.”)

Who could have suspected? Those devils came down from the mountains with rosaries and medallions of the little Virgin del Cobre hanging from their necks. Archbishop Peres Serantes wrote a Pastoral Letter singing the praises of Fidel Castro, the new Savior of Cuba. Afterwards, when the red center of the melon finally showed, he shouted with equal fervor against the dangers of camouflaged leftist-flavored works.

But those in olive-green uniforms quickly learned and employed the classic tricks to force the archbishop to adopt a more prudent attitude. The Church bit its tongue and remained silent for years, like a defenseless lamb, to the whims of the thuggish regime.

It was not until 1969 that his voice was heard again. He said that it was time for the Church to cooperate, with all its power, to build up a new society and leave the third world behind. Further, he said, the cause of all this misery was the fault of the Yankees and their economic blockade. All this was said with much more flowery phrasing, but this is what the Christian masses understood. And this was not received well.

The majority of the priests who received the document the night before did not say a word about it in their Sunday sermon. Regardless, parishioners found out and were angry. Had the six Bishops of Cuba forgotten about the countless countrymen and women who were in jail because they had defended the Church’s previous position? Had not the Archdiocese of Santiago sounded the alarm when the revolution was revealed to be red? Did they forget the countless of Christians who were discriminated against and condemned to hunger for their faith. Had they forgotten that they themselves, until recently, continued to secretly confirm that the economic disaster that was Cuba was due no nothing more than stupidities committed inside the country?

(With regards to the U.S. blockade: If the Castro regime had a good economy it could buy any capitalist product it desired through its excellent commercial relations with Canada, England, France or Spain.)

If the six had had at least had the courage to say something about the torture of political prisoners, of the inhumane treatment of those who could had permission to “freely” leave the country, of the shameful exploitation of the working class, or of the lack of rights that left the Church hobbled.

No, sir, the words of that letter were not accepted by the faithful nor by the priests on the front lines. To keep things brief, the essence of that letter pushed Don Luciano and his compatriots to decide to put their years in Cuba behind them.

Now it was January 16, 1970. Don Luciano, en route to Mexico, saw from his airplane window the Capital of Cuba fading into the mist. At times tears tried to escape his eye lashes. But no, he was very grateful, thankful, and obliged for those beautiful hard years he had spent in Camaguey. It had not been easy at first. He had arrived with a series of ideas that, to Cubans, separated for years from the rest of the world and the Church, appeared suspicious and at times a bit red.

They eventually warmed up to him, especially his habit of making friendly house calls to all, one by one, including the homes of those in olive-green uniforms. He had spent hours and days listening with profound compassion to so much suppressed suffering. What can you do in a red country where one is prevented from living a normal life because of one’s faith?

At first he had spoken every once in a while of the four truths. “Wasn’t this a Christian community? Why did you not know at the very least the names of your brothers and sisters? Why hadn’t anyone been to visit Anita, who had been ill for months? Listen to me well, nobody is leaving this church without knowing at least one more person that we call our brother or sister, caramba!” And like that, these and other simple truths I tried to hammer home.

A couple of years later Sunday Mass was again a shared celebration. Yes, I thought at first, celibacy can have its difficult moments. But when on Sunday he saw his numerous flock sitting there, with eyes brilliant with hope, he was the happiest man in the world. He was not sure if Freud would define it as frustration or sublimation or something else, but of one particular thing he was very sure and that was knowing when he was happy.

He knew the story of each lamb in his flock. Over there was Esperanza, always in the first pew. She had lost her son the priest in an automobile accident and when she heard the news she thanked God for his beautiful life. There was Ana, a faithful soul, who for years had held at bay evil spirits and, without the uniform, had become a nun. Over there, Isabel, forever waiting for her sweetheart who had been condemned to prison for 30 years. Ignacio was there, a college student that in school in Havana searched for a secret church to attend to regain his strength.

Over there was Don Julio, fired from work because he helped anyone from the parish that needed help. He gave classes to fiancés wanting to get married. He distributed the Eucharist on feast days, his ancient car was always available to anyone who asked or when someone ill needed transportation. (He once had to fend off a parishioner who wanted him to hear her confession.) Next to Don Julio was his worthy wife that Don Luciano called “The Divine Pastoress.”

There Teresita, a beautiful young flower. Don Luciano had argued with her mother on her behalf for her right to fall in love with the boy of her heart. There Juanita, who had lost her first little baby, despite Don Luciano having brought her milk daily, contraband, to ensure her son survived and grew up healthy and hardy.

He knew them all and he loved them so much! And they him! How quickly an alarm was raised when someone saw their pastor at the Police Station (most of the time paying fines for speeding in the city). How much they prayed when their pastor was summoned to the People’s Tribunal. How many had suffered additional hunger so they could bring him a bite of food or a piece of cake while he was under house arrest. They had all, little by little, discovered how nice it was to be Christian, and how happy it could be to live a pure faith, with no requirement to march or belong to a fraternity.

They all had had the profound experience that in the end, you did not have to take a chance for something, but for Someone.

At his last Mass in Camaguey the church reverberated. That evening at the youth club party he, with a lot of effort, managed to get them dancing. Then at the moment when he began to say goodbye—he recounted—the record player unexpectedly stopped, and, Lord!, that was hard.

On the last night in Havana all of his college students came to say goodbye. Very late that night two more arrived. “Father, we’ve yet to eat.” He looked towards the other end of the building, reserved for high guests.

“Come. Let’s see what happens,” he said.

One of the women in our group, clever, walked up to the porter and said, “look, our comrade here has worked for six years in Cuba and would like to eat something.”

The porter went off to speak with the head waiter and returned, beaming. “Of course, for revolutionary comrades there is always a table available!”

They ate like hungry wolves and Don Luciano covered the tab.

There was no sleep that last night. Except for Father Theo who could sleep on his feet, a unique characteristic of his. Don Luciano and Father José went for a walk on the Malecon, the seaside promenade in Havana, under the soft moonlight. They did not say much, they understood without needing words. The exception was the occasional Flemish witticism to dampen the pain.

“Boy, those were wonderful years.”

“God, yes! Wonderful years.”

Don Luciano awoke from his ruminations on the airplane to Mexico and Father José shared his last cigarette with Don Luciano.

“In just a few minutes we will be landing in Mexico City. Please extinguish your cigarettes and make sure your tray table is stowed and your seatback is in the full and upright position. Thank you.”

They put out the butt of that last Cuban cigarette in the ashtray. In a way, that act put a final period on their Cuban dream. But still, they both knew that Cuba would forever remain alive in their heart.

And after a silent prayer we come to the end of the seventh and last part, but no longer in Cuba, the first free territory in the Americas.

CURIOSIDADES DE LA VIDA EN CUBA

Como siete es un número perfecto, ya no hay más capítulos, sino solo algunos detalles pintorescos de la vida en Cuba.

Cada cubano tiene derecho a un par de zapatos al año, pero hay quien espera tres años por ese derecho.

Cuando van de compras han de llevar todo el embalaje necesario: cartucho para el arroz, lata o botellas para el aceite, etc. Porque nada de eso hay en las tiendas.

Si se quieren descubrir métodos nuevos de lavar, consulta a las amas de casa de Cuba, pues con una sola barra de jabón al mes no les alcanza.

Los cubanos, tan aficionados al café, tienen solo un barcito en todo Camagüey donde el servicio es más o menos permanente.

Si quieren comer fuera, han de pagar 10 o 20 pesos a alguien que les haga la cola durante el día entero.

Si quieren aumentar su menú, sin tarjeta de cuota, pueden viajar 18 kilómetros fuera de Camagüey donde hay un nuevo restaurant: dos tazas de leche con cakes.

Las invenciones y creaciones hippies brotan espontáneamente en Cuba: falditas de yute, pantalones de hombres hechos de sacos plásticos de abono importado …

Cada Sacerdote en nuestro Convento tenía en su cuarto su rollito mensual de papel higiénico, había, pues que evitar descomposiciones dé vientre.

Si se quiere ver un recuerdo de la última guerra mundial, puedes ir a Cuba donde los rusos han vaciado sus stocks militares; las famosas motocicletas del ejército alemán todavía están prestando servicio.

Hay que cuidar de la palabra "Caballo" pues así llama el pueblo a Fidel.

Hace un año hubo en la Habana un Congreso de genética y mejoramiento de la raza. Un especialista inglés, famoso, declaró a su regreso que Cuba había realizado gran progreso en eso pues habían logrado criar un caballo que gobernaba el país.

Para los turistas casi siempre hay unas chicas elegantes disponibles para acompañarles y evitar que se desvíen del camino recto; si las siguen a ellas el viaje resulta paradisiaco.

En este primer territorio libre de América si buscas un libro crítico sobre el sistema, o una sola librería de literatura religiosa, te cansarías de buscarlos y no los encontrarías.

Para una sola enfermedad o dolencia, el médico generalmente receta varios productos similares pero si tienes la suerte de encontrar uno de ellos te sientes feliz.

Un médico en Cuba ha de tener la conciencia elástica al expedir un certificado de defunción, pues algunas enfermedades no pueden aparecer muy frecuentemente pues ello afectaría la subvención de la organización mundial de la Salud de las Naciones Unidas.

Para los enfermos está previsto una cuota extra de carne: un pollo al mes (pero este aparece cuando les parece a los que mandan.)

Una buena adivinanza sería: En qué medida ha cumplido Fidel sus promesas del principio? La tierra para el campesino?, ni un metro cuadrado. Elecciones libres?, están esperando hace doce años.

A menudo, en discusiones se oye hablar de 80 o 90 por ciento de analfabetos en la Cuba de antes, pero en una revista muy progresista titulada "Aportes", de Julio de 1971, se puede leer: "Después del año de la alfabetización, 1961, según parece, han reducido el analfabetismo de la población de más de 10 años de 23.6% a 3.9% en 1961." pero, véase también lo que dice R. Dumont: " De los dos millones doscientos mil en edad de escolaridad, entre 6 y 16 años, faltaban medio millón a la escuela, 137,000 dejaron la escuela después de un mes de clases y 700,000 tenía más de dos años de atraso sobre el grado escolar normal. Estos son datos de los años 1968-69, tomados del famoso librito: "Es Cuba Socialista?" página 131.

La misma revista dice de los becados en el extranjero: "Las becas para Yugoeslavia fueron suprimidas totalmente en 1967, y las de Checoeslovaquia bajaron de 296 en 1963-64 hasta 172 en 1968-69. De manera que el estudiante cubano en el extranjero no tiene, prácticamente posibilidad de conocer un punto de vista distinto, ni siquiera dentro del campo socialista.

Y hablando de libertad intelectual, nada tiene de extraño el caso del poeta Padilla quien ha tenido que confesar sus malas relaciones; ni siquiera Sartre pudo aguantar más e hizo una comparación entre Cuba y Rusia en la peor época de Stalin.

Algunos detalles culinarios. Cuota por persona: ½ libra de pan diario, ¾ de carne a la semana. Por mes; 15 huevos, ½ libra de frijoles, 6 libras de azúcar, 4 libras de arroz, 168 gramos de café, 1 botellita de cerveza. Y para la familia: 1 tubito de pasta dental, 1 cajetilla de cigarros ligeros o 2 negros, una barra y media de jabón para lavar la ropa y una de baño.

Frutas, como plátanos y naranjas, que el país produce en abundancia, no se encuentran en el mercado interior pues todas se exportan.

VIGNETTES OF LIFE IN CUBA

No more chapters, since seven is a prefect number. Instead, here are some picturesque details of life in Cuba.

Every Cuban has the right to buy one pair of shoes a year. But there are some who have to wait three years to exercise that right.

When they go shopping, they need to take all that that is necessary to pack their purchases: a bag for the rice, a can or a bottle for the cooking oil, etc. These are not available at the shop.

If you want to discover new methods of cleaning, consult housewives in Cuba. They have to make do with one bar of soap a month per household.

Cubans, who are known as coffee aficionados, have only one coffee shop in all of Camaguey that is open daily.

If they want to eat out that evening, they need to pay someone 10 or 20 dollars to queue in line during the day.

If they want to eat something novel, without taxing their ration card they can head 11 miles out of town where a new restaurant serving two cups of milk with cake.

Hippie styles grow spontaneously in Cuba: jute miniskirts, men’s trousers made from plastic bags that previously held imported fertilizer.

Every priest residing in our convent kept in his possession a single little roll of toilet paper, his monthly ration. Therefore, it became necessary to avoid having bowel problems whenever possible.

If you want to see memories from the last World War, go to Cuba, where the Russians have emptied their military stocks. The famous German Army motorcycles continue to provide service in Cuba.

Careful with the word “horse” as it is what people use when referring to Fidel Castro.

A congress on genetics and breeding was held last year in Havana. On his return from Cuba a famous English specialist declared that Cuba had made great strides: they had managed to engineer a horse that governed the country.

For tourists there almost always are elegant girls ready to accompany them and prevent them from detouring from the straight-and-narrow: If they follow them their trip ends up heavenly.

In this first free territory of the Americas if you try to find a book critical of the system, or a bookstore that caters to religious literature, you will tire of looking and not find any.

For each illness or disease, the doctor will normally prescribe various similar medicines and you are in luck if you can find one of them.

In Cuba, a doctor has to have an elastic conscious when issuing death certificates, as certain illnesses should not appear so often as to negatively impact statistics compiled by the United Nations’ World Health Organization.

For the ill, an extra ration of protein is allowed, that is, an extra chicken a month. (But this chicken appears whenever those in charge feel like it.)

Take a good guess: How would you measure how well Castro has made good on his initial promises? Land redistribution for tenant farmers? Not one square foot. Free elections? The populace has been waiting for twelve years now.

Frequently one hears that 80 to 90 percent of the population was illiterate in yesterday’s Cuba. But in a progressive publication entitled “Aportes” published in July, 1971, you can read “After the Year of Literacy (1961) it appears that illiteracy in the population over 10 years of age has been reduced from 23.6% to 3.9% in 1961.” You are also directed to Dumont when he writes, “of the 2.2 million of school-age children between 6 and 16 years of age, half a million did not attend school, 137,000 left school after one month, and 700,000 were one or more grades behind. These numbers where for the years 1968-69 from his famous little book Is Cuba Socialist? on page 131.

The same publication reports on overseas scholarships: “Scholarships to study in Yugoslavia completely stopped in 1967 and those to Czechoslovakia dropped from 296 in 1963-64 to 172 in 1968-69. This shows that overseas study by Cuban students—where studying where a different point of view is a possibility—even within the socialist camp, is not happening.

While on the subject of intellectual liberty, nothing is more odd than the case of Heberto Padilla, the poet who had to publicly confess to associating with bad influences. Even Sartre could not resist and compared Cuba to Stalinist Russia’s worst.

Certain culinary details. Rations allowed for purchase per person: 8 ounces of bread a day; per week: ¾ pounds of meat, 15 eggs, ½ pound of rice, 6 ounces of ground coffee, 1 bottle of beer. Per family per month: 1 little tube of toothpaste, 1 pack of light cigarettes and 2 packs of dark cigarettes, 1½ bars of soap for clothes washing and one for bathing.

Fruit, like bananas and oranges that are grown in abundance throughout the country, are not available domestically. They are all exported.

EPILOGO

Qué pongo al final, querido lector, para no malograr el sabor de lo anterior?

Había pensado primero comenzar con una serie solemne: “Acuso a Cuba de . . .” pero creo que todo lo que he escrito en los capítulos anteriores son hechos reales, aunque por razones de seguridad libremente ordena dos y combinados, en ellos hay bastante acusaciones ya. Usted, mismo puede deducir de todo ello como están los derechos del hombre en Cuba.

Quería solamente insistir, sobre todo para los de la moda actual que equiparan: izquierda y bueno, que nunca, en ningún otro país he encontrado una clase obrera tan “alienada” como en Cuba, donde el trabajador, en nombre del Pueblo, está explotado tan despiadadamente y de ninguna forma puede ser “hacedor y dueño de su destino.”

Si yo como hombre cristiano, llego a la conclusión que tanto el capitalismo como el comunismo tienen factores negativos inaceptables, me pregunto si no debemos observar con sumo interés el experimento de la revolución peruana, donde se trata de encontrar un tercer camino “ni con Sam, ni con Ivan.”

Para el querido pueblo cubano le pido, lector, no olvidar que allá un pueblo entero en miseria y bajo terror vive una vida inhumana.

Quienes tienen la culpa de todo eso ya lo contarán hombres inteligentes como R. Dumont y Karol.

Para el pequeño pero heroico rebaño de la Iglesia cubana rezo todos los días, ahora con más fervor todavía, pues, por varias cartas me enteré que han cogido presos a varios católicos actives del país entero y entre ellos algunos de mi querida Parroquia.

—Lima, 8 de Septiembre de 1971.

EPILOGUE

What should I say here, dear reader, that will not spoil the mood of what has preceded?

My first thought was to start with a series of solemn “I accuse Cuba of . . . ” But since what I have written in the previous chapters were of actual things that happened (except that for safety reasons, they’ve been liberally reordered and mixed together) in them there are more than enough accusations. You yourself can now deduce the state of human rights in Cuba.

I do need to insist, especially to everyone in the present day that would equate left with good, that never, in any other country have I found another class of worker so alienated than in Cuba; where the worker, in the name of the people, is so unmercifully exploited and in no way can be considered maker and owner of his own destiny.

As a Christian, I’ve reached the conclusion that both capitalism and communism have unacceptable negative factors. I ask myself if perhaps we should keep an eye on the revolutionary experiment going on in Peru, where they are trying to find a third way “not with Sam nor with Ivan.”

For my beloved Cuban people I ask, dear reader, that you not forget that there the entire population is in misery and terror, and living an inhumane life.

Who is responsible for all this? Perhaps intelligent people like René Dumont and K. S. Karol will figure it out.

I pray every day for the small heroic flock that is the Cuban Church. And recently with more fervor as recent letters I’ve received report more Catholics being sent to jail from throughout the country, including some from my beloved parish.

—Lima, September 8, 1971.